Estrellas de mar
Kevin J. Aviles Rodríguez
Beep,
beep, ¡Beep! Suena el
despertador. Juan Antonio se levanta. 1 pie desnudo se enfrenta contra el frío
de la loza, seguido por otro. Abre y cierra los ojos 2 veces. Se tarda 3
minutos en pararse de la cama y unos 5 más en lo que decide caminar hasta el
baño. Abre el grifo del agua. Se lava la cara 2 veces, la primera para espantar
el sueño y la segunda para recoger lagañas. Da 5 pasos y entra en la ducha. Se
tarda 8 minutos en bañarse y unos 13 más en vestirse, desayunar y bajar las
escaleras del complejo de residencia.
De frente al edificio lo espera una limosina. En 21
minutos su chofer lo lleva hasta el edificio 34. Sube hasta el piso 55 y pasa a
través del laberinto de cubículos hasta llegar a su oficina personal. Abre la
puerta. Lo recibe una sonrisa tenue. Ella está sentada sobre su escritorio.
Lleva una blusa y falda de trabajo. Sus piernas ligeramente bronceadas están
cruzadas, y sus pies recogidos en zapatos muy brillosos de taco corto. Juan
Antonio le da la espalda para cerrar la puerta. Cuando se gira, ella descruza
las piernas y se desliza a la esquina del escritorio. Toma 3 pasos para
acercarse a ella. En 5 minutos concluyen el acto y al son de 8 se visten y ella
se marcha.
Al concluir la jornada, Juan Antonio toma el bus hasta
el centro de comercio. Pasa por varias estaciones hasta llegar a la 13. Allí
compra unos vegetales y un corte de carne. De camino a la parada del bus pasa
frente a un joyero. El intérvalo entre cada uno de sus paso se alarga por medio
segundo. Con mucho disimulo espía unas pantallas de estrella de mar. Lo sigue
de largo y toma el bus. En el apartamento cocina, se baña y se tira desnudo
sobre la cama.
Beep, beep, ¡Beep!
Suena el despertador. 1 pie desnudo se enfrenta contra el frío de la loza
seguido por otro. En 21 minutos Juan Antonio se baña, se viste y desayuna.
Llega al edificio 34 y sube al piso 55. Lo recibe una sonrisa tenue en su
oficina. Concluye el coito mañanero y prosigue con su rutina diaria.
En el centro de
comercio compra lo necesario para la cena. De camino a la parada del bus pasa
por frente al joyero. El intervalo entre sus pasos se alarga por medio segundo.
Ve 5 pulseras de plata, 3 anillos, unos
de madera y los otros de fundidos de metal, 2 collares, 1 par de pantallas de
perla y... Juan Antonio mira con espanto el nicho vacío que antes lo ocupaba 1
par de pantallas de estrella de mar. En 8 segundos Juan Antonio se recupera y
toma el bus hacia su apartamento.
Esa tarde no come. Se baña y se tira desnudo en la
cama. Hay 510 estrellas que resaltan del estucado del techo de su habitación.
Las ha contado todas. Sin embargo, la imagen de aquellas pantallas de estrella
mar permanecen quemadas en el espectro de su cornea.
Beep, beep, ¡Beep!
Suena el despertador. Juan Antonio no logro dormir. Se levanta y camina a la
ducha. Mientras se baña no recuerda si se ha lavado los dientes. Su rutina diaria
se atrasa. Lo recoge la limosina y lo lleva al trabajo. Sube al piso 55. Abre
la puerta de su oficina privada. Una sonrisa coqueta lo recibe. Su vista se
enfoca en las piernas ligeramente bronceadas que permanecen cruzadas. Estaba
sentada sobre su escritorio como de costumbre. Juan Antonio se fija por primera
vez en el rostro perfilado, en el cabello azabache, lacio y ondulado a la vez. Se
fija en aquellos ojos que brillan entre verde y azul, que solo puede describir
como mar. Nota que lleva el cabello recogido detrás de unas pequeñas orejas y
en sus lóbulos unas pantallas de estrella de mar. Con tan solo 3 pasos corta la
distancia entre los cuerpos. Su mano grande y áspera recorre la curvatura de la
espalda femenina, y permanece en la frontera entre la blusa y la falda. Con su
otra mano le gira la mejilla e inspecciona detalladamente esas pantallas. Ella
siente la acaricia de su aliento caliente. Él le besa las orejas, y con la
lengua recoge la estrella en su boca. Ella le lleva la mano a sus senos y lo
besa. Juntos caen tumbados sobre la alfombra de la oficina. Se desnudan con
apuro. El libera los pechos medianos y devora aquellos pezones erectos, ella libera
su erección y lo manipula con la mano. Los gemids de ambos se mezclan con el jadeo
del acto.
Esa mañana chingan 5
veces. Se miran, estaban sudados y completamente saciados. Juan Antonio la besa
con ternura. Ella le sonríe con aquellos labios de pomarrosa. Al paso de 8 minutos
se visten y ella se marcha. Juan Antonio trato de continuar con la jornada,
pero en cada esquina de su oficina veía su cuerpo enredado con el de ella.
Desconcentrado abandona el trabajo. Decide caminar.
Con tan solo 377m2 de isla tropical, la caminata de pronto lo llevo
ante una playa. El agua brillaba de verde y azul. Se desnuda y corre sobre la
arena hasta tirarse de cabeza en el mar. El agua estaba fría, pero él solo
registraba los acontecimientos de la mañana.
Beep, beep, ¡Beep! Juan Antonio se levanta. Lleva una
sonrisa tallada en su rostro. Llega a la oficina, abre la puerta y... Nada. Ni
sonrisa tenue o coqueta lo recibe. Espera. Pasa 1 hora, seguida por otra. 5
minutos, 8, 13, 21, 34. Aún no ha llegado. Sale desesperado. Toma el bus hasta
el centro de comercio y camina directamente hacia el joyero. Ve 5 pulseras de
plata, 3 anillos, unos de madera y los otros de fundidos de metal, 2 collares,
1 par de pantallas de perla y... 1 par de pantallas de estrella de mar. Mira por
primera vez al joyero.
Camina hacia la playa con una pesadez claramente
dibujada en su rostro. Lo recibe una sonrisa tenue. Un cuerpo ligeramente
bronceado, ojos que oscilan entre verde y azul, pelo azabache, orejas desnudas.
3 pasos cortan la distancia entre los cuerpos. Sus manos se enredan en el
cuello femenino y aprieta. Cae tumbada sobre la arena. Juan Antonio saca de su
bolcillo un par de pantallas de estrella de mar bañadas de sangre. Se tira
sobre ella y penetra los lóbulos con las estrellas. No lo recibe ni sonrisa tenue
o coqueta.
Beep, beep, ¡Beep! Suena el despertador. 1 pierna
delgada ligeramente bronceada se enfrenta contra el frío de la loza. Abre y
cierra los ojos 2 veces. Se tarda 3 minutos en pararse de la cama y unos 5 más
en lo que decide caminar hasta el baño. Abre el grifo del agua. Se lava la cara
2 veces, la primera para espantar el sueño y la segunda para recoger lagañas.
Se mira con curiosidad en el espejo. Inspecciona una cara no muy femenina, pero
tampoco masculina. Lleva el cabello largo, azabache, lacio y ondulado a la vez.
Se recoge los mechones detrás de las orejas y espía unas pantallas de estrella
de mar. Sonríe vagamente, una sonrisa que solo sabe describir como ligeramente tenue.
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