viernes, 8 de noviembre de 2013

Lucía


Etruska: deviantart.com
Recuerdo cuando vivía en la vieja cuidad. Parecía todo ser más sencillo, más accesible. Me fascinaba caminar por los paseos tablados, vivir con el perfume del mar, y sobre todo llegar siempre a la casa de ella. Se llama Lucía y vivía en el 22 de la calle Santos. Es una de esas chicas únicas; aquellas que te encantan pero que a la vez te vuelven completamente loco. Recuerdo una tarde cuando llegue del supermercado, me esperaba sentada sobre la mesa del comedor. Tan pronto la vi deje caer la compra como un niño entorpecido. Tenía unas medias largas y blancas que le llegaban hasta sus increíbles muslos, unas zapatilla negras como las de la escuela elementar y un libro. Su piel cremosa era lo único que podía ver. Claro y el libro que impedía que devorara el resto de su cuerpo desnudo. Miento si digo que no me éxito el hecho de que aquel libro fuese Lolita por Nabokov. Era el perfecto acompañante para su disfraz de niña escolar.

 "¿Todo bien?" me preguntó sabiendo exactamente como provocarme. Yo permanecía congelado de frente a ella. Sostuve la mirada de sus ojos color caramelo por solo un instante y luego recorrí todos los posibles pasadizos de su cremosa piel. Sostuve la mirada en sus generosos pechos, dos impecables montañas que prometían intoxicarme son su deleitable suavidad.

Ella llevó su mirada hacía su cuerpo. Sus labios de fresa se separaron en sorpresa y llevo el libro contra sus senos aplastándolos contra su cuerpo. "¡Me parece que estoy un poco escandalosa esta tarde!" La nueva posición del libro me dio acceso a sus increíbles muslos que estaban muy apretaditos y solo deslumbraban un pequeño triangulo negro.

Con solo unos pasos estaba de frente a ella. Le miraba sin tocarla. Cerro los labios y los remojo con su lengua, confeccionándoles un brillo tentador. Con el último paso separo sus piernas y sus muslos se encajaron sobre mi cadera. El primer beso fue tan lento que solo servía para echarle leña al fuego que estaba crecido.
 
"Tengo miedo, nunca he estado con un hombre tan mayor," dijo fingiendo voz de niña. Con ese comentario se acabo todo el pretexto de inocencia. Hicimos el amor sobre la mesa del comedor, chillando para compartir con la cuidad nuestra pasión.


Lucía fue la mejor parte de la vieja cuidad. Ella era la modernización de lo antiguo. Su curiosidad y sus pasiones siempre fueron fuentes de nuevas aventuras. Sin embargo, cuando me mude, no supe más de Lucía, ella era de la cuidad y yo fui solo un visitante que gozó explorar por aquellos pasadizos.