sábado, 9 de marzo de 2013

Mi rutina final


Eran las seis de la mañana cuando sonó el despertador del celular inteligente.  Mi alarma sonaba, según la descripción del teléfono, como varios acordes de piano. Con los ojos hinchados y llenos de lagañas me dirigí al baño. Me lavé la cara dos veces con agua bien fría. El primer golpe de agua sirvió como un choque eléctrico que finalizó mi conexión con el mundo entre la realidad y los sueños. El segundo golpe frió recogió los estragos de la noche. Me cepille la boca y luego fui a la cocina a preparar el café. No desayune, tenía que asegurarme de llagar antes de las siete. Tampoco me preocupe mucho por la vestimenta ya que planificaba regresar directo a casa para intentar atrapar el sueño nuevamente.

Manejé mi carro por unos 30 minutos. En total pasé 18 semáforos en la carretera número 3. Tomé la salida y entre en la urbanización antigua de Country Club. Todas las casas eran viejas, de esas con las marquesinas largas y que usualmente llevaban dos planos. La casa a donde me dirigía era de una solo plano. El patio estaba alto, por lo cual puse en agenda pasar la máquina de cortar al otro día.

El piso de la casa tenía unas lozas negras manchadas con una costra de polvo que ni la máquina de presión de agua podía recoger. Las paredes blancas vestían con el traje gris del olvido. Caminé hacia la cocina para encontrarme con el reguero diario de comida, hormigas y basura que amanecían sobre la mesa. Como un veterano me enfrente contra el reguero ignorando el cosquilleo de las hormigas que trepaban por mis manos. Primero voté toda la basura. Luego recogí toda la trastera y la lleve hasta el fregadero. Con el pote de Palmolive decoré los platos de ríos naranjas. Luego fui y busque los paños curados de Clorox y procedí a limpiar la costra de comida vieja de la mesa.

Una vez estaba satisfecho con la mesa tomé una hoya y la puse sobre la estufa eléctrica. Vertí un poco de leche fría y arrojé unos granos de avena. Con el interruptor a fuego medio vertí mi mezcla hasta que los granos de avena tomaron una consistencia deseable. Apagué la estufa y con la llave abrí el candado del gabinete. Tomé la caja de pastillas y puse la dosis apropiada de anti-psicóticos en dos tapas rojas, una para la mañana y la otra para la noche. La dosis nocturna la puse en el centro de la mesa en donde siempre la dejaba.

De la nevera saqué un galón de agua fría y lo vacié en un frasco vació. Al agua le añadí dos cucharadas de té en polvo y luego de mezclarlo vertí un poco en un vaso. Coloqué el vaso de té frío de frente a la única silla de la mesa. Al lado puse la dosis de pastillas mañaneras. Serví la avena en un plato cuadrado de color verde y coloque una cuchara dentro del mismo.

"¡Buenos días mama! Levántate," dije fuertemente desde la cocina. Repetí la frase varias veces hasta que escuche el crujir de la cama. "VOY," me respondió. Sus pasos retumbaron por la casa vacía hasta que se sentó fatigada sobre la silla. No le quité la vista hasta que me aseguré de que se tomara las pastillas. "¿Y los chocolates?" me preguntó con un tono que parecía más de niña que de una mujer de 44 años. Debido a su estilo de vida totalmente sedentario tenía un peso de casi 400 libras. Llevaba unas pijamas viejas y manchadas que apenas cubrían su peludo y gordo cuerpo. Su cabello negro y oscuro estaba largo y salvajemente enredado.

Me viré y saque dos Milky Way del gabinete y se los puse sobre la mesa. Mientras ella comía fui a trabajar con la montaña de platos que me esperaba en el lavadero. Con un cepillo restregué la costra de comida vieja. Mientras fregaba mi madre se levantó y me trajo su plato. Ella nunca llevaba los platos al fregadero. Permaneció cerca de mi respirando profundamente. Estaba un poco nervioso pero continúe lavando los platos.

"¿Dónde está mi dinero?" me preguntó violentamente. Antes de responderle tomó un cuchillo y lo entero en mi espalda. Su cuerpo era más grande que el mío. Bajo su peso no pude hacer mucho contra su navaja. Ella gritaba que le estaba robando todo mientras clavaba su arma en mi pecho. En ese entonces recordé las palabras del abuelo "nunca le des tu espalda a tu madre."

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