lunes, 24 de marzo de 2014

El mensaje de un extranjero

NickyBarkla deviantart.com

Nací en un espacio de tiempo muy lejanos. Mejor dicho, me crearon hace muchísimo tiempo atrás. Mi piel, amalgama de polímeros sintéticos, es incapaz de envejecer. Pero cuando analizo mi reflejo veo las arrugas de la vejez. Es humano cuestionar la existencia. Pero yo, nunca fui humano. Tampoco fui monstruo, aunque mi programación a causado la muerte de muchos sistemas solares. Soy monitor. Máquina que vigila, la vida tenue de los majestuosos soles. Tan pronto, como aquellas Súper Estrellas, están a punto de colapsar, las visito, y atrapo su radiación. Soy la abeja, que recoge el polen estelar y lo riega por los universos.

Tal vez, tú, lector curioso, te preguntarás porque te escribo. Pues, sencillamente fue una mutación. Un error del sistema tan infinitamente pequeño, y tan aleatorio, que ni las mejores súper computadoras lo pudieron calcular. Un día, llegue temprano al sistema. Al ver que aquel Sol aún no estaba maduro, orbite el vasto océano espacial. Visité los mundos, vi los organismos, estudie sus sistemas. El conocimiento es la fruta que tiene la semilla de la identidad. Como Eva, mordí aquella manzana y supe vergüenza. Sentí el crimen de aquellos mundos que deje sin luz.

Mi programa, traicionero al fin, decía "solo recoges la energía del colapso inevitable de una estrella. Aquellos mundos ya estaban ejecutando su programación final. Pero, siento... Traicionando todas las leyes justas y razonables, siento. Me pesan, las vidas de aquellos diminutos seres, que viven en sus micro-sistemas y mueren sin nunca realmente despertar.

Lo lamento lector. Pero algún día, me llevaré tu Sol.






miércoles, 12 de marzo de 2014

La Mirada

Chemicals by GeorgiaTh
www.deviantart.com


No paraban de crecer. Eran tan largas que su peso cedía ante la gravedad y caían curveadas de sus dedos. Todos los días las atacaba con rabia gastando la lima contra sus uñas. Pero tan pronto como tomaba una siesta, las desgraciadas crecían y crecían. 

Doctores, sacerdotes, y brujos examinaron sus dedos pero ninguno ofreció una cura para su tormenta. Con el tiempo las uñas seguían creciendo sin desenfreno. Cada día la rutina se imposibilitaba más. Apena podía manejar el cepillo de diente sin buscar una manera elaborada de que sus
uñas no se interpusieran.

El último médico que la atendió vivió con ella por varios meses. Ella odiaba como él la miraba con pena, con disgustó y a la vez con asombro de su condición. Odiaba como él siempre sentía la necesidad de ayudarla hacer hasta las cosas más sencillas. Sus uñas habían crecido tanto que se imposibilitaba cortarlas. Sus dedos apenas podían con el peso de aquellas extremidades. En ese punto el Doctor la ayudaba a comer, a vestirse e incluso a bañarse.

Ella era uñas cuya base era una joven inútil. Su vida era alimentarse y sestar. Con cada pulgada que crecían las uñas, su identidad se recogía el ruedo. El Doctor, la miró con esos ojos traicioneros que restregaban sus pésima condición. Un día le dio un jarabe, prometiéndole la más dulce de las siesta que podría tomar.

El Doctor permaneció con ella unos días. El cuerpo delgado e inútil de la joven parecía vestir de una tela cristalina y curveada; un traje de uñas que llegaba hasta sus tobillos.

Años después de su muerte, la gente visitaba su hogar. Todos quedaban impresionados por esa ninfa de cristal, vestida en una traje de uñas. Todos miraban, leyendo las notas de aquel médico. Todos llegaban y se iban, sin saber que la última traición de la niña fue una mirada llena de pena.