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No
paraban de crecer. Eran tan largas que su peso cedía ante la gravedad y caían
curveadas de sus dedos. Todos los días las atacaba con rabia gastando la lima
contra sus uñas. Pero tan pronto como tomaba una siesta, las desgraciadas
crecían y crecían.
Doctores,
sacerdotes, y brujos examinaron sus dedos pero ninguno ofreció una cura para su
tormenta. Con el tiempo las uñas seguían creciendo sin desenfreno. Cada día la
rutina se imposibilitaba más. Apena podía manejar el cepillo de diente
sin buscar una manera elaborada de que sus
uñas no
se interpusieran.
El
último médico que la atendió vivió con ella por varios meses. Ella odiaba como
él la miraba con pena, con disgustó y a la vez con asombro de su condición.
Odiaba como él siempre sentía la necesidad de ayudarla hacer hasta las cosas
más sencillas. Sus uñas habían crecido tanto que se imposibilitaba cortarlas.
Sus dedos apenas podían con el peso de aquellas extremidades. En ese punto el
Doctor la ayudaba a comer, a vestirse e incluso a bañarse.
Ella era
uñas cuya base era una joven inútil. Su vida era alimentarse y sestar. Con
cada pulgada que crecían las uñas, su identidad se recogía el ruedo. El Doctor,
la miró con esos ojos traicioneros que restregaban sus pésima condición. Un día
le dio un jarabe, prometiéndole la más dulce de las siesta
que podría tomar.
El
Doctor permaneció con ella unos días. El cuerpo delgado e inútil de la joven parecía vestir
de una tela cristalina y curveada; un traje de uñas que llegaba hasta sus
tobillos.
Años después de su muerte, la gente visitaba su hogar. Todos quedaban
impresionados por esa ninfa de cristal, vestida en una traje de uñas. Todos
miraban, leyendo las notas de aquel médico.
Todos llegaban y se iban, sin saber que la última traición de la niña fue una
mirada llena de pena.

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