domingo, 23 de diciembre de 2012

El gringo de los ojos amarillos (Introducción)


man at the bar by ~000moggy000 -deviantart.com


            Era un bar de esos como los usuales en donde comienzan las películas de acción. La clientela, lo peor de lo peor, la escoria de la escoria. En su mayoría eran hombres apestosos con ropa vieja llena de polvo, todos armados. Las mujeres todas asesinas. Las lindas eran las peores, como una black widow seducían al hombre, tejiendo la trampa sigilosamente para luego clavarlo a la muerte y chuparle toda la esencia de su vida. La mayoría, aquellos que eran locales, ocupaban las mesas, entreteniéndose con juegos de cartas y dados, a la antigua. Los extranjeros, los que solo estaban passing through, estaban sentados frente a la barra. Ellos siempre eran iguales, todos con la cabeza baja para no llamar la atención. La mayoría bebían en silencio, pero algunos le pasaban unos pesos al bartender a cambio de algún pedazo de información.
             
Uno de estos últimos estaba tomando whiskey, sin hielo. Llevaba unos guantes negros, de cuero, como los que usan los motociclistas. Tenía una sonrisa arrogante y la mala costumbre de llevar su mano derecha a la culata de su pistola. Parecía decirle a todos “vamos hombre atrévete que lo que te espera es un balazo en el pecho”. Ese no era yo.
             
Como suele ocurrir en este tipo de escenario, entraron dos policías. Ahora, esperarían que dijeron algo como: “manos arriba” o “nadie se mueva”. Sin embargo, lo que paso fue que uno disparo dos veces. La primera bala acabo la vida de un tipo que trato de sacar su arma, la segunda sirvió para sembrar el mensaje de estos no venían buscando cuentos. “Estamos buscando al traidor Terrence Sinclair. Sabemos que estas aquí,” dijo el matón. Era un hombre cuarentón de esos que se quedan casi calvos con lanitas rubias de cabellera, pero que por amor al pelo no se las afeitan. A su lado había lo que solo podía describir como un rookie. No podía tener más de 17 años y aunque estaba bien entrenado, se le veía la novatez en la cara.   
            
 Miré al guapetón que estaba al lado mío. Sin hacer mucho movimiento saque un peso y con una pluma le escribí un mensaje. Le di el peso a apreté la punta de mi Glock contra su muslo. No era un tiro letal, pero dudo que el hombre pensara en eso cuando sintió el frío de la pistola. Cuando leyó el mensaje me miro con los ojos asustados.

“¡Oye tú!” llamo el guardia calvo gestionando con la pistola a que se levantara del bar. “¿Qué carajo pasa, que llevas en las manos?” preguntó amenazando con la pistola.
       
     “Yo soy Terrence Sinclair” dijo. Lo que paso después para muchos fue que estallo un cañón. Sin embargo, alguien entrenado te dirá que sonaron dos cañones casi simultáneamente. El segundo tiro terminó su trayectoria en el hombro del guapo, el primero clavó una bala en el pecho del guardia. El policía joven no pudo distinguir el segundo tiro, por lo que reacciono muy tarde y en vez de contraatacar, recibió un tiro mortal.

“Dijiste que no moriría,” me suplico el guapo de rodillas mientras sujetaba su hombro ensangrentado. “Me parece que estas muy vivo todavía,” le dije apuntándole con mi pistola. “Puedo quitarte la vida todavía. Si te parece.” Temblando movió su cabeza de lado a lado.

            Mientras caminaba hacia afuera de la barra nadie dijo nada. Nadie se movió a ayudar al guapetón. Estaba seguro de que tan pronto saliera, la música reanudaría, alguien tiraría los cuerpos afuera y todos beberían como si nada ocurrió. Ese es el tipo de mundo en el vivimos ahora. Sangre por sangre. Solo sobrevive el que sigue las reglas de oro: dispara antes de que te disparen, no confíes en nadie, nada es inmoral.    
           


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