De yelmo
llevaba un sombrero al estilo safari, con pines de varías instituciones científicas.
Su armadura era una camisa Colombia, manga larga por su puesto. Los pantalones
eran del estilo cargo con todos los bolcillos llenos de las herramientas
necesarias para la hazaña. En su cinturón llevaba su arma de preferencia: una
vara de grafito plegable con un anillo de hilo en la punta. La tarea de esa
mañana era cazar dragones. Los mismos eran diminutos pero abundantes. Se
arrastraban en cuatro patas por todo el bosque escarbando cualquier insecto
para la cena.
Escuchó el
crujir de las hojas. Giro sobre el talón y estiro su vara de grafito. El dragón
lo miró y saco su diminuta lengua bifurcada. Antes de que el dragón pudiera
echar a correr, el caballero estiro su arma, coloco el anillo de hilo sobre la
cabeza del dragón y lo levantó de la tierra. Mientras soltaba el nudo el dragón
le mordió un dedo. El bosque retumbo con el eco de alguna palabra soez de su
tierra lejana. Luego el caballero encerró al dragón en su respectiva jaula y
continuo su hazaña. Para ese momento ya había capturado 81 dragones, tenía solo
diez días para completar su meta de cien. Solo el tiempo dirá que nuevas
aventuras le espera al caballero herpetólogo.
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