lunes, 28 de mayo de 2012

Cartas: Para ti (2)


Te quiero y te odio. A veces busco la más mínima discordancia para justificar mi partida. Busco cualquier excusa para convencerme que no te quiero, y más aún que no te necesito. Y sin embargo, entro en facebook y miro con miedo. Buscando pero no queriendo encontrar tu nombre en mis notificaciones. Leo por encima, sin compromiso, porque sé que solo necesito ver tu nombre para quererte. Pienso en ti y te recuerdo. Aunque son pocos los momentos que compartimos, son suficiente como para dejarme con el deseo de crear nuevas memorias entre los dos.  

sábado, 26 de mayo de 2012

La persistencia de la memoria



Tick, tick, tick. Cada segundo pasa desapercibido, marcado solamente con unpequeño tick. A veces estoy corto de tiempo. Corro muy deprisa persiguiendo vanidades que urgen ser completadas. A veces, me pierdo en el pasado reviviendo y re-explorando las decisiones del ayer, mientras cada segundo del presentesigue su flujo continuo.

Ella me dijo, -lo mejor y lo peor de la vida es que el tiempo sigue-. En aquel instante apenas comprendía el dolor detrás de aquellas palabras.

El tiempo atrapa. Nos envuelve en su preciso tick tick, mientras sus manecillas siguen su danza sin detenerse ni siquiera por un segundo.

A ti te digo, -no te dejes atrapar por el pasado, porque el tick de tu presente se agota. A todos nos llegara nuestra hora, y quiero que tú disfrutes tu tiempoal máximo.-

A mi me digo, -Ya el tiempo de mañana llegara. Déjale el futuro a los que leen nubes y estrellas. Tú vive tu presente que lo de mañana algún día llegara.-

Y a ella le digo, -Gracias, aún sigo aprendiendo de ti.-

lunes, 21 de mayo de 2012

Cartas: Para mi madre


Te odio. Te odio porqué no estuviste para mí. Te odio porque te enfermaste y nunca te pude conocer. Me odio por odiarte, por ignorarte, por racionalizar que visitarte es una pérdida de tiempo. Cuando visito aquella casa oscura y te veo, te odio. Odio verte tan dejada, tan gorda, tan descuidada. Odio que existas pero que no sirvas para nada, excepto para simplemente existir. Odio pensar que a veces sería mejor si murieras de una vez y por todas. Odio verte en otras personas y pensar: así sería mi madre sin tan solo la historia fuese otra. Y a pesar de que te odio... eres la única razón por la cual llevo el cabello largo. Cada vez que me dicen que tengo buen pelo, pienso igual que el de mi madre. Igual de lacio, igual de bello. Cada vez que me miro en el espejo, pienso en ti, y recuerdo que eres la mitad de todo lo que soy.

a pesar de todo soy tu hijo, y tú mi madre,
Kev

Cartas: Para ti


     No me imaginaba extrañarte. Y sin embargo, pienso en ti, mientras escucho a Sabina. "El amor cuando no muere mata... amores que matan nunca mueren". Qué raro es esto de extrañar a una persona que uno apenas conoce. Pero, debo confesar, que me hace falta tu sonrisa, tu caos, tus conversaciones en la noche y sobre todo tus labios. Me haces falta tú.

    No estabas en mis planes, ni en mis sueños. Apenas sé lo me espera esta noche, por lo cual nunca hago promesas sobre mañana. Pero hoy, te extraño. Me imagino en una cama a tu lado. Trazando letras sobre el papel de tu piel, escribiendo poemas sobre tus labios, y viviendo sueños debajo de tu cuerpo.

   Esta noche le dejo lo de nosotros al mañana, que sean ellos los que decidan que sienten, que quieren y que esperan. Pero hoy, cruzo los dedos para que la conclusión sea apasionada y sobre todo depravada.

Un millón de besos,
Kev

  

miércoles, 16 de mayo de 2012

Un silencio, un adiós

Te miro y me miras. Un silencio. Me pierdo en el silencio de tu mirada. Una sonrisa a medias, un adiós. Me visto mientras me miras desnuda en la cama. Recojo mis cosas. Te beso y dejo sobre tu escritorio aquellos libros que algún día me prestaste. Camino lentamente por la casa en donde tú y yo nos enredábamos con entrega y desenfreno. Me despido hasta del perro, que algún día pensé mío. Cierro la puerta y camino. Subo la rampa y miro atrás. Esta vez subo sin lagrimas, sin dolor, solo con el silencio profundo entre los dos. 

domingo, 13 de mayo de 2012

La Aventura del caballerito que se convirtió en Rey



       El niño corrió hacia el cuarto del padre. Pasó aquella cama de la cual era forzosamente desalojado todas las noches, y se dirigió hacia el closet. Dió unos saltos alegres mientras halaba camisas y pantalones de sus ganchos. En el proceso varios de los antiguos plásticos se estallaron bajo el alegre manejo del pequeño. Pero este tan solo tenía ojos para aquel tesoro escondido que se hallaba en esa oscura cueva. Ya él, uno de los más prestigiosos caballeros de Ávila, había derrotado su dragón, conquistado a una nación y ganado el corazón de su princesa. Ahora solo le quedaba encontrar aquellos vestidos de rey para reclamar todos sus fortunas.

     Quedó toda la ropa amontonada en una larga e impresionable montaña. Cuando sus ojos de color ébano vislumbraron la montaña se arrojó contra ella. Volaban las piezas de ropa por todo el cuarto, mientras el caballerito luchaba contra otro poderoso adversario.

Era un caballero de un reino enemigo y venia a robarle los vestidos para impedir la coronación del pequeño. Su adversario era el poderoso y grande caballero de las estrellas.

“No me vas a derrotar!” le gritaba el niño mientras daba golpes en el aire con un camisón torcido para aparentar el más fuerte y tenebroso látigo.

     Luchó látigo contra espada. Sus golpes poderosos daban contra el escudo del enemigo, causando un alboroto que retumbaba por toda la cueva. En su lucha el caballerito pisó en un terreno arenoso y resbaló dándose un fuerte cantazo en la cabeza. Pero el dolor no fue suficiente para vencerlo. Dio un giro poderoso en la tierra y esquivó la espada enemiga. Cuando se iba a levantar sintió que una fuerza impedía el control de su pie. Miró y notó que estaba atrapado. El enemigo levantó su espada para dar el golpe final. Pero el caballerito, aunque un poco aterrorizado, aun no había sido vencido. Su pequeña mano bronceada tomó un camisón y lo lanzó con toda su fuerza. El caballero de las estrellas quedó completamente cegado por el ataque de arena.

     Era el momento oportuno para el contra-ataque. El caballerito dió un poderoso salto y nuevamente estaba de pie, de frente a su enemigo. Torció el camisón y lo aguantó fuertemente con ambas manos. Imitando a los peloteros de las grandes ligas giró su cuerpo con mucha fuerza y restrelló el camisón contra la puerta de madera blanca. El caballero de las estrellas recibió un fuerte golpe en el abdomen y se dobló en agonía mientras brotaban lágrimas de dolor.

“Vete ahora infeliz. Si aprecias tu vida renunciarás a la caballería y te irás lejos donde nunca escuche tu nombre,” enunció el caballerito dándose fuertes golpes en su pecho.

Ante tan humillante derrota el caballero de las estrellas no tuvo otro remedio. Se fue de la cueva oscura y vivió el resto de su vida como un pequeño comerciante en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas.

     Pero la aventura del caballerito aún no había terminado. Todavía tenía que hallar los vestidos del rey. Con el orgullo de su victoria atravesó la cueva oscura sin sentir ni un poquito de miedo. Al final encontró los vestidos del rey. Aquel uniforme de liderazgo, poder y realeza.

     Impresionado el caballerito tomó aquellos vestidos que algún día pronto serían de él. Comenzó con aquellas botas marrones que acojinaban todos los pasos reales. Luego con mucho cuidado y gran reverencia, se puso el manto real. Era de un color azul cielo y al igual que los zapatos le quedaban un poco grandes. Finalmente tomó aquella corona de un color más amarillento que oro, y se la puso sobre el bosque negro de pelo. Una vez completado su vestimenta, sintió de inmediato el poder y la importancia de dicho uniforme, del cargo que le esperaba.

     Complacido y vestido de rey, salió de la cueva oscura y caminó hacia su reino. De camino, paró en la nevera y tomo una refrescante bebida, antes de dirigirse a la sala donde su futura Reina y su patrimonio lo esperaban. La coronación y la boda fueron espectaculares, todos gritaban con gran emoción y admiración.

     Luego cansado por todas las aventuras, el pequeño rey se sentó en su trono y veía como los actores del reino interpretaban sus aventuras. Encontró que el recuento era a veces exagerado y cómico, pero disfrutó ver como todos se orgullecían por las hazañas del pequeño caballerito que ahora era rey.

     De repente una voz poderosa gritó su nombre con gran fuerza. “¡KEVIN!” Espantado el pequeño rey dirigió su mirada hacia la voz. Llegó furiosa. En su cara se dibuja el rencor puro, y el pequeño rey sintió un poco de miedo otra vez.

La madre respiró profundamente, tratando de contener la furia que insistía estallar descontroladamente. “¿Tú estabas en mi cuarto?” preguntó, sabiendo ya la respuesta. El pequeño rey la miró con ojos grandes e inocentes. “Estaba en la cueva luchando contra el caballero de las estrellas.”

     Luego de otro largo y profundo suspiro, la madre dirigió su mirada dura hacia su hijo. “Sacaste toda la ropa de los ganchos. Hiciste un reguero. ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues en mi cuarto? Te he dicho que juegues con tus juguetes. Sabes que no me gustas que toques mis cosas. ¡Que tú haces con el uniforme de tu padre? ¡Está sudao y estrujao! ¡Vete, quítate eso! ¡Vete y recoge mi cuarto antes de que te de un pescozón!”

     El pequeño rey permaneció unos segundos sentado sobre su trono, con sus manos cruzadas sobre su barriguita. Estaba muy asustado, pero secretamente complacido con las hazañas del día. No dirigió ninguna palabra en su defensa. Y aunque era rey, fue a la cueva y recogió los restos de su lucha contra el caballero de las estrellas.
   

martes, 8 de mayo de 2012

El primer cuento de K


            Muy cerca del bosque estatal de Toro Negro, había un pequeño pedazo de terreno privado. Eran unas veinte o treinta cuerdas de bosque con una edad proporcional a su tamaño. Las mismas fueron taladas, con el menor impacto, para la construcción de dos caminos principales. El primero subía a lo alto del monte a un área conocida como el cielo. El camino hacia el cielo era largo, y tal vez un poco peligroso, pero la recompensa era un lugar con una vista espectacular. La noche era perfecto para sumergirse completamente en el entorno de las estrellas, acompañado solo del canto del coquí. De día ofrecía una vista del pueblo, localizado a unas 40 o 50 millas hacia el este. El otro camino daba paso hacia el río, en específico hacia un pequeño pozo en donde una caída ofrecía una helada y terapéutica cascada.
            Este era el hábitat de un hombre de unos treinta o treinta y cinco años de edad. Era de piel morada, manchada por el sol. Llevaba el cabello y el bigote largo y ambos muy negro. Sus ojos, verde como la maleza, cargaban un dolor silencioso. Vivía en una pequeña casona de bloque y hormigón, de donde nacían los caminos que él mismo taló. La casa consistía de dos cuartos sin aparente separación. Uno era un pequeño espacio en donde había un delgado lecho rodeado de una torre de libros. Al lado opuesto había una humilde cocina. Para comer, contaba con una nevera de playa con hielo, dos o tres cortes de carne, además había una pequeña estufa de gas, una cafetera y un bolso de café. En cuanto a los platos, solo había un plato, una taza, dos vasos, y algunos cubiertos y un sólo cuchillo.
            Como a eso del mediodía se estacionó un carro al borde de una carretera cercana al bosque. El conductor era un hombre fuerte, lucía mucho más joven de los treinta y cuatro años que cargaba. Llevaba el cabello casi rapado, con un bigote recortado a tijeras y perfectamente recto. Cuando se bajó de su vehículo, se dirigió a la puerta trasera y tomó un bulto, al estilo militar. Se metió bosque adentro, y caminó entre los árboles con una familiaridad que sólo la rutina diaria otorga. Habría pasado como una media hora, cuando encontró en el medio del bosque, la casona de cemento y hormigón.
            La casa estaba tan callada como el bosque. Adentro el hombre de cabello largo estaba sentado en el lecho con un libro de su extensa colección abierto en su falda. El dueño apenas separó su vista del texto al notar la entrada del otro en su casa. El visitante se quitó su mochila y se dirigió a la pequeña cocina. Abrió la nevera de hielo y cambió la bolsa del día anterior. Además, echó unos cortes de bistec adentro. También trajo café, arroz, un tanquecillo de gas y el periódico del día.
"Alberto," comenzó el visitante.
"No," fue la respuesta del  dueño de la casona. Carlos suspiró, como aquel quien está cansado de racionalizar con alguien indispuesto. Sin decir más, le entregó el periódico a su viejo amigo, y tomó asiento en el piso. Las horas pasaron lentas, y silenciosas hasta que Alberto concluyó su lectura del diario. "Hoy tampoco," dijo descartando el diario.
"Hoy tampoco," repitió su amigo, levantándose del piso y caminando hacia el bosque para fumarse un cigarrillo.    
            Cayó la tarde, cuando Alberto salió de la casa con una toalla y un cambio de ropa. Se detuvo a mirar a su amigo fumando, antes de tomar el camino que bajaba hacia el pozo. Luego de su baño, nadó hacia la cascada y bajo su helado torrencial trató de ahogarse en el olvido.
            En la casona, Carlos ya se había fumado media cajetilla mientras esperaba por su amigo. Su paciencia cada día era menos. Podía aceptar el exilio de Alberto, pero ya le apestaba su rol de testigo y proveedor. Ésta sería su última noche. No regresaría, y por primera vez sabía que era cierto.
            En otra esquina del bosque llegó un intruso. Sus botas negras aplastaban las ramas en el suelo y su machete abría un determinado camino. Cada paso lo daba con fuerza, con ansiedad. Solo se escuchaba el sonido metálico de su mocho despedazando ramas.
            Un sonido metálico espantó a Alberto. Este saltó del pozo y se vistió de repente. Buscaba en la oscuridad el fantasma que lo perseguía. "Hoy," dijo entre dientes intuyendo su peligro. Corrió a toda prisa por la vereda. Sus pies descalzos tropezaban contra las piedras y se enterraban en el fango. En su prisa, se encajó y cayó de boca. Exaltado se levantó, y buscó en el silencio a su inquisidor.  Nada, no veía ni escuchaba nada. Pero sabía, sabía que algún fantasma había invadido su terreno en busca de justicia.
            Corrió hasta llegar a la división. Se detuvo y pensó en su viejo amigo. No queriendo lastimar a Carlos, corrió hacia aquel peligroso lugar llamado cielo. Sus rodillas gemían del abuso de la carrera ante la empinada vereda. Pero Alberto, no se detuvo. No se detuvo para su corazón que estallaba contra su pecho. Y tampoco se detuvo para sus pulmones que estaban falta de oxígeno.
            En el cielo, corrió hacia el tronco más ancho que había y encogió su cuerpo contra él. Se tapó la boca para evitar los jadeos del espanto. No escuchaba más allá del tambor de su corazón retumbando en su interior. No escuchaba, las ramas crujiendo ante el peso de un intruso. No escuchaba nada, hasta que aquel estaba justo al otro lado de su escondite.
            Espantado, Alberto brincó y con un movimiento fluido se lanzó sobre su enemigo. La movida causó que ambos hombres rodaran por el barranco inclinado. Entre puños y patadas, lucharon hasta que quedaron anclados en un terreno más favorable. Alberto lanzaba con furia, determinado a conquistar al intruso. A ciegas, encontró una roca en el suelo, y cantazo tras cantazo desfiguró el cráneo de su contraparte.
            Jadeaba sobre el cuerpo del muerto, jadeaba de furia, de miedo, de una energía de vida que en mucho tiempo no lo animaba. Se paró, pero sus piernas aparentaban ceder ante su peso. Se tiró al piso y se arrastró con gran esfuerzo hasta superar la inclinada caída. Con calma bajó la vereda que lo llevaría a la casona nuevamente. Carlos estaría feliz de verlo, por primera vez le contestaría que sí a su diaria pregunta.
            Cuando al fin llegó a la casona, Alberto estaba muy cansado. Cada paso era más pesado que el anterior, y cada vez se arrastraba más y más hasta su hogar. En la entrada, había un mocho muy afilado, recostado de la pared. Alberto le paso por el lado sin reconocerlo. Adentro en su cocina, un hombre cortaba unos pedazos de bistec con el único cuchillo dentro de la habitación. Estaba muy concentrado, separando las fibras de carne, disfrutando como cada pedazo de tejido muscular cedía ante el manejo de la navaja.
"Como has estado viejo amigo."
            Alberto quedo paralizado. Su tez se destiño del espanto. De una vuelta se echo a correr hacia el bosque. Su inquisidor, recogió el machete y fue tras de él. Lo corrió y lo alcanzó hasta que disfrutó nuevamente aquella sensación de una navaja bien afilada y un tejido crudo cediendo ante el metal.

....
K concluyó su relato. Un silencio como el del bosque dominaba la pequeña habitación. Luego de unos minutos J se levantó de su silla y se dirigió hacia una de las paredes. Trazó con sus dedos el cemento, como quien traza sobre el cristal de una ventana. "Y tu K eres víctima del destino, o escogiste tu prisión como tu amigo Alberto."
            Con una sonrisa que tenía muy poco de alegría, K le contestó, "Eso es un cuento para otro día."

Sobre los cuentos de K y J: Introducción


            En cuarto pequeño, sin decoraciones, sin retratos. Sin distracciones. La luz inquieta de una vela estiraba dos sombras sobre las cuatro paredes. En el centro había tan solo una mesa de guayacán tan desnuda como la habitación. Además habían dos sillas opuestas una de la otra. En cada silla estaba sentado un hombre, ambos reflexionados por el eje imaginario de la mesa.  Solo los distinguía su vestimenta. Uno vestía de manera muy cómoda, llevando pantalones cortos y una camisa de playa de muchos colores. El otro, vestía muy fino, con una camisa azul cielo planchadita y un pantalón de vestir negro.
            "Tengo un cuento," comenzó el hombre de vestido de gala, al cual llamaremos K. Su contraparte reacciono descansando sus pies sobre la mesa. "Y que esperas, ¿una introducción?," le contesto con una sonrisa. A este, quien vestía muy cómodo, le llamaremos J.
            K, obvió el comentario de su contraparte y comenzó el relato del día.