domingo, 13 de mayo de 2012

La Aventura del caballerito que se convirtió en Rey



       El niño corrió hacia el cuarto del padre. Pasó aquella cama de la cual era forzosamente desalojado todas las noches, y se dirigió hacia el closet. Dió unos saltos alegres mientras halaba camisas y pantalones de sus ganchos. En el proceso varios de los antiguos plásticos se estallaron bajo el alegre manejo del pequeño. Pero este tan solo tenía ojos para aquel tesoro escondido que se hallaba en esa oscura cueva. Ya él, uno de los más prestigiosos caballeros de Ávila, había derrotado su dragón, conquistado a una nación y ganado el corazón de su princesa. Ahora solo le quedaba encontrar aquellos vestidos de rey para reclamar todos sus fortunas.

     Quedó toda la ropa amontonada en una larga e impresionable montaña. Cuando sus ojos de color ébano vislumbraron la montaña se arrojó contra ella. Volaban las piezas de ropa por todo el cuarto, mientras el caballerito luchaba contra otro poderoso adversario.

Era un caballero de un reino enemigo y venia a robarle los vestidos para impedir la coronación del pequeño. Su adversario era el poderoso y grande caballero de las estrellas.

“No me vas a derrotar!” le gritaba el niño mientras daba golpes en el aire con un camisón torcido para aparentar el más fuerte y tenebroso látigo.

     Luchó látigo contra espada. Sus golpes poderosos daban contra el escudo del enemigo, causando un alboroto que retumbaba por toda la cueva. En su lucha el caballerito pisó en un terreno arenoso y resbaló dándose un fuerte cantazo en la cabeza. Pero el dolor no fue suficiente para vencerlo. Dio un giro poderoso en la tierra y esquivó la espada enemiga. Cuando se iba a levantar sintió que una fuerza impedía el control de su pie. Miró y notó que estaba atrapado. El enemigo levantó su espada para dar el golpe final. Pero el caballerito, aunque un poco aterrorizado, aun no había sido vencido. Su pequeña mano bronceada tomó un camisón y lo lanzó con toda su fuerza. El caballero de las estrellas quedó completamente cegado por el ataque de arena.

     Era el momento oportuno para el contra-ataque. El caballerito dió un poderoso salto y nuevamente estaba de pie, de frente a su enemigo. Torció el camisón y lo aguantó fuertemente con ambas manos. Imitando a los peloteros de las grandes ligas giró su cuerpo con mucha fuerza y restrelló el camisón contra la puerta de madera blanca. El caballero de las estrellas recibió un fuerte golpe en el abdomen y se dobló en agonía mientras brotaban lágrimas de dolor.

“Vete ahora infeliz. Si aprecias tu vida renunciarás a la caballería y te irás lejos donde nunca escuche tu nombre,” enunció el caballerito dándose fuertes golpes en su pecho.

Ante tan humillante derrota el caballero de las estrellas no tuvo otro remedio. Se fue de la cueva oscura y vivió el resto de su vida como un pequeño comerciante en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas.

     Pero la aventura del caballerito aún no había terminado. Todavía tenía que hallar los vestidos del rey. Con el orgullo de su victoria atravesó la cueva oscura sin sentir ni un poquito de miedo. Al final encontró los vestidos del rey. Aquel uniforme de liderazgo, poder y realeza.

     Impresionado el caballerito tomó aquellos vestidos que algún día pronto serían de él. Comenzó con aquellas botas marrones que acojinaban todos los pasos reales. Luego con mucho cuidado y gran reverencia, se puso el manto real. Era de un color azul cielo y al igual que los zapatos le quedaban un poco grandes. Finalmente tomó aquella corona de un color más amarillento que oro, y se la puso sobre el bosque negro de pelo. Una vez completado su vestimenta, sintió de inmediato el poder y la importancia de dicho uniforme, del cargo que le esperaba.

     Complacido y vestido de rey, salió de la cueva oscura y caminó hacia su reino. De camino, paró en la nevera y tomo una refrescante bebida, antes de dirigirse a la sala donde su futura Reina y su patrimonio lo esperaban. La coronación y la boda fueron espectaculares, todos gritaban con gran emoción y admiración.

     Luego cansado por todas las aventuras, el pequeño rey se sentó en su trono y veía como los actores del reino interpretaban sus aventuras. Encontró que el recuento era a veces exagerado y cómico, pero disfrutó ver como todos se orgullecían por las hazañas del pequeño caballerito que ahora era rey.

     De repente una voz poderosa gritó su nombre con gran fuerza. “¡KEVIN!” Espantado el pequeño rey dirigió su mirada hacia la voz. Llegó furiosa. En su cara se dibuja el rencor puro, y el pequeño rey sintió un poco de miedo otra vez.

La madre respiró profundamente, tratando de contener la furia que insistía estallar descontroladamente. “¿Tú estabas en mi cuarto?” preguntó, sabiendo ya la respuesta. El pequeño rey la miró con ojos grandes e inocentes. “Estaba en la cueva luchando contra el caballero de las estrellas.”

     Luego de otro largo y profundo suspiro, la madre dirigió su mirada dura hacia su hijo. “Sacaste toda la ropa de los ganchos. Hiciste un reguero. ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues en mi cuarto? Te he dicho que juegues con tus juguetes. Sabes que no me gustas que toques mis cosas. ¡Que tú haces con el uniforme de tu padre? ¡Está sudao y estrujao! ¡Vete, quítate eso! ¡Vete y recoge mi cuarto antes de que te de un pescozón!”

     El pequeño rey permaneció unos segundos sentado sobre su trono, con sus manos cruzadas sobre su barriguita. Estaba muy asustado, pero secretamente complacido con las hazañas del día. No dirigió ninguna palabra en su defensa. Y aunque era rey, fue a la cueva y recogió los restos de su lucha contra el caballero de las estrellas.
   

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