El niño corrió hacia el cuarto del padre. Pasó aquella cama de la cual era forzosamente desalojado todas las noches, y se dirigió hacia el closet. Dió unos saltos alegres mientras halaba camisas y pantalones de sus ganchos. En el proceso varios de los antiguos plásticos se estallaron bajo el alegre manejo del pequeño. Pero este tan solo tenía ojos para aquel tesoro escondido que se hallaba en esa oscura cueva. Ya él, uno de los más prestigiosos caballeros de Ávila, había derrotado su dragón, conquistado a una nación y ganado el corazón de su princesa. Ahora solo le quedaba encontrar aquellos vestidos de rey para reclamar todos sus fortunas.
Quedó toda la ropa amontonada en una larga
e impresionable montaña. Cuando sus ojos de color ébano vislumbraron la montaña
se arrojó contra ella. Volaban las piezas de ropa por todo el cuarto, mientras
el caballerito luchaba contra otro poderoso adversario.
Era un caballero de un reino enemigo y venia a robarle los vestidos para
impedir la coronación del pequeño. Su adversario era el poderoso y grande
caballero de las estrellas.
“No me vas
a derrotar!” le gritaba el niño mientras daba golpes en el aire con un camisón
torcido para aparentar el más fuerte y tenebroso látigo.
Luchó látigo contra espada. Sus golpes
poderosos daban contra el escudo del enemigo, causando un alboroto que
retumbaba por toda la cueva. En su lucha el caballerito pisó en un terreno arenoso
y resbaló dándose un fuerte cantazo en la cabeza. Pero el dolor no fue
suficiente para vencerlo. Dio un giro poderoso en la tierra y esquivó la espada
enemiga. Cuando se iba a levantar sintió que una fuerza impedía el control de
su pie. Miró y notó que estaba atrapado. El enemigo levantó su espada para dar
el golpe final. Pero el caballerito, aunque un poco aterrorizado, aun no había
sido vencido. Su pequeña mano bronceada tomó un camisón y lo lanzó con toda su
fuerza. El caballero de las estrellas quedó completamente cegado por el ataque
de arena.
Era el momento oportuno para el contra-ataque.
El caballerito dió un poderoso salto y nuevamente estaba de pie, de frente a su
enemigo. Torció el camisón y lo aguantó fuertemente con ambas manos. Imitando a
los peloteros de las grandes ligas giró su cuerpo con mucha fuerza y restrelló
el camisón contra la puerta de madera blanca. El caballero de las estrellas
recibió un fuerte golpe en el abdomen y se dobló en agonía mientras brotaban lágrimas
de dolor.
“Vete ahora
infeliz. Si aprecias tu vida renunciarás a la caballería y te irás lejos donde
nunca escuche tu nombre,” enunció el caballerito dándose fuertes golpes en su
pecho.
Ante tan humillante derrota el caballero de las estrellas no tuvo otro remedio.
Se fue de la cueva oscura y vivió el resto de su vida como un pequeño
comerciante en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas.
Pero la aventura del caballerito aún no
había terminado. Todavía tenía que hallar los vestidos del rey. Con el orgullo
de su victoria atravesó la cueva oscura sin sentir ni un poquito de miedo. Al final
encontró los vestidos del rey. Aquel uniforme de liderazgo, poder y realeza.
Impresionado el caballerito tomó aquellos
vestidos que algún día pronto serían de él. Comenzó con aquellas botas marrones
que acojinaban todos los pasos reales. Luego con mucho cuidado y gran
reverencia, se puso el manto real. Era de un color azul cielo y al igual que
los zapatos le quedaban un poco grandes. Finalmente tomó aquella corona de un
color más amarillento que oro, y se la puso sobre el bosque negro de pelo. Una
vez completado su vestimenta, sintió de inmediato el poder y la importancia de
dicho uniforme, del cargo que le esperaba.
Complacido y vestido de rey, salió de la
cueva oscura y caminó hacia su reino. De camino, paró en la nevera y tomo una
refrescante bebida, antes de dirigirse a la sala donde su futura Reina y su
patrimonio lo esperaban. La coronación y la boda fueron espectaculares, todos
gritaban con gran emoción y admiración.
Luego cansado por todas las aventuras, el
pequeño rey se sentó en su trono y veía como los actores del reino
interpretaban sus aventuras. Encontró que el recuento era a veces exagerado y
cómico, pero disfrutó ver como todos se orgullecían por las hazañas del pequeño
caballerito que ahora era rey.
De repente una voz poderosa gritó su nombre
con gran fuerza. “¡KEVIN!” Espantado el pequeño rey dirigió su mirada hacia la
voz. Llegó furiosa. En su cara se dibuja el rencor puro, y el pequeño rey
sintió un poco de miedo otra vez.
La madre respiró profundamente, tratando de contener la furia que insistía
estallar descontroladamente. “¿Tú estabas en mi cuarto?” preguntó, sabiendo ya
la respuesta. El pequeño rey la miró con ojos grandes e inocentes. “Estaba en
la cueva luchando contra el caballero de las estrellas.”
Luego de otro largo y profundo suspiro, la
madre dirigió su mirada dura hacia su hijo. “Sacaste toda la ropa de los
ganchos. Hiciste un reguero. ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues en mi
cuarto? Te he dicho que juegues con tus juguetes. Sabes que no me gustas que
toques mis cosas. ¡Que tú haces con el uniforme de tu padre? ¡Está sudao y
estrujao! ¡Vete, quítate eso! ¡Vete y recoge mi cuarto antes de que te de un
pescozón!”
El
pequeño rey permaneció unos segundos sentado sobre su trono, con sus manos
cruzadas sobre su barriguita. Estaba muy asustado, pero secretamente complacido
con las hazañas del día. No dirigió ninguna palabra en su defensa. Y aunque era
rey, fue a la cueva y recogió los restos de su lucha contra el caballero de las
estrellas.
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