Muy cerca del bosque estatal de Toro Negro, había un
pequeño pedazo de terreno privado. Eran unas veinte o treinta cuerdas de bosque
con una edad proporcional a su tamaño. Las mismas fueron taladas, con el menor
impacto, para la construcción de dos caminos principales. El primero subía a lo
alto del monte a un área conocida como el cielo. El camino hacia el cielo era
largo, y tal vez un poco peligroso, pero la recompensa era un lugar con una vista
espectacular. La noche era perfecto para sumergirse completamente en el entorno
de las estrellas, acompañado solo del canto del coquí. De día ofrecía una vista
del pueblo, localizado a unas 40 o 50 millas hacia el este. El otro camino daba
paso hacia el río, en específico hacia un pequeño pozo en donde una caída
ofrecía una helada y terapéutica cascada.
Este
era el hábitat de un hombre de unos treinta o treinta y cinco años de edad. Era
de piel morada, manchada por el sol. Llevaba el cabello y el bigote largo y
ambos muy negro. Sus ojos, verde como la maleza, cargaban un dolor silencioso.
Vivía en una pequeña casona de bloque y hormigón, de donde nacían los caminos
que él mismo taló. La casa consistía de dos cuartos sin aparente separación.
Uno era un pequeño espacio en donde había un delgado lecho rodeado de una torre
de libros. Al lado opuesto había una humilde cocina. Para comer, contaba con una
nevera de playa con hielo, dos o tres cortes de carne, además había una pequeña
estufa de gas, una cafetera y un bolso de café. En cuanto a los platos, solo
había un plato, una taza, dos vasos, y algunos cubiertos y un sólo cuchillo.
Como
a eso del mediodía se estacionó un carro al borde de una carretera cercana al bosque.
El conductor era un hombre fuerte, lucía mucho más joven de los treinta y
cuatro años que cargaba. Llevaba el cabello casi rapado, con un bigote
recortado a tijeras y perfectamente recto. Cuando se bajó de su vehículo, se
dirigió a la puerta trasera y tomó un bulto, al estilo militar. Se metió bosque
adentro, y caminó entre los árboles con una familiaridad que sólo la rutina
diaria otorga. Habría pasado como una media hora, cuando encontró en el medio
del bosque, la casona de cemento y hormigón.
La
casa estaba tan callada como el bosque. Adentro el hombre de cabello largo
estaba sentado en el lecho con un libro de su extensa colección abierto en su
falda. El dueño apenas separó su vista del texto al notar la entrada del otro en
su casa. El visitante se quitó su mochila y se dirigió a la pequeña cocina. Abrió
la nevera de hielo y cambió la bolsa del día anterior. Además, echó unos cortes
de bistec adentro. También trajo café, arroz, un tanquecillo de gas y el
periódico del día.
"Alberto," comenzó el visitante.
"No," fue la respuesta del dueño de la casona. Carlos suspiró, como
aquel quien está cansado de racionalizar con alguien indispuesto. Sin decir
más, le entregó el periódico a su viejo amigo, y tomó asiento en el piso. Las
horas pasaron lentas, y silenciosas hasta que Alberto concluyó su lectura del
diario. "Hoy tampoco," dijo descartando el diario.
"Hoy tampoco," repitió su amigo,
levantándose del piso y caminando hacia el bosque para fumarse un cigarrillo.
Cayó la tarde, cuando Alberto salió
de la casa con una toalla y un cambio de ropa. Se detuvo a mirar a su amigo
fumando, antes de tomar el camino que bajaba hacia el pozo. Luego de su baño,
nadó hacia la cascada y bajo su helado torrencial trató de ahogarse en el
olvido.
En la
casona, Carlos ya se había fumado media cajetilla mientras esperaba por su
amigo. Su paciencia cada día era menos. Podía aceptar el exilio de Alberto,
pero ya le apestaba su rol de testigo y proveedor. Ésta sería su última noche.
No regresaría, y por primera vez sabía que era cierto.
En
otra esquina del bosque llegó un intruso. Sus botas negras aplastaban las ramas
en el suelo y su machete abría un determinado camino. Cada paso lo daba con
fuerza, con ansiedad. Solo se escuchaba el sonido metálico de su mocho
despedazando ramas.
Un sonido
metálico espantó a Alberto. Este saltó del pozo y se vistió de repente. Buscaba
en la oscuridad el fantasma que lo perseguía. "Hoy," dijo entre
dientes intuyendo su peligro. Corrió a toda prisa por la vereda. Sus pies
descalzos tropezaban contra las piedras y se enterraban en el fango. En su
prisa, se encajó y cayó de boca. Exaltado se levantó, y buscó en el silencio a
su inquisidor. Nada, no veía ni
escuchaba nada. Pero sabía, sabía que algún fantasma había invadido su terreno
en busca de justicia.
Corrió
hasta llegar a la división. Se detuvo y pensó en su viejo amigo. No queriendo
lastimar a Carlos, corrió hacia aquel peligroso lugar llamado cielo. Sus
rodillas gemían del abuso de la carrera ante la empinada vereda. Pero Alberto,
no se detuvo. No se detuvo para su corazón que estallaba contra su pecho. Y tampoco
se detuvo para sus pulmones que estaban falta de oxígeno.
En el
cielo, corrió hacia el tronco más ancho que había y encogió su cuerpo contra
él. Se tapó la boca para evitar los jadeos del espanto. No escuchaba más allá
del tambor de su corazón retumbando en su interior. No escuchaba, las ramas
crujiendo ante el peso de un intruso. No escuchaba nada, hasta que aquel estaba
justo al otro lado de su escondite.
Espantado,
Alberto brincó y con un movimiento fluido se lanzó sobre su enemigo. La movida causó
que ambos hombres rodaran por el barranco inclinado. Entre puños y patadas,
lucharon hasta que quedaron anclados en un terreno más favorable. Alberto
lanzaba con furia, determinado a conquistar al intruso. A ciegas, encontró una
roca en el suelo, y cantazo tras cantazo desfiguró el cráneo de su contraparte.
Jadeaba
sobre el cuerpo del muerto, jadeaba de furia, de miedo, de una energía de vida
que en mucho tiempo no lo animaba. Se paró, pero sus piernas aparentaban ceder
ante su peso. Se tiró al piso y se arrastró con gran esfuerzo hasta superar la
inclinada caída. Con calma bajó la vereda que lo llevaría a la casona
nuevamente. Carlos estaría feliz de verlo, por primera vez le contestaría que
sí a su diaria pregunta.
Cuando
al fin llegó a la casona, Alberto estaba muy cansado. Cada paso era más pesado
que el anterior, y cada vez se arrastraba más y más hasta su hogar. En la
entrada, había un mocho muy afilado, recostado de la pared. Alberto le paso por
el lado sin reconocerlo. Adentro en su cocina, un hombre cortaba unos pedazos
de bistec con el único cuchillo dentro de la habitación. Estaba muy
concentrado, separando las fibras de carne, disfrutando como cada pedazo de
tejido muscular cedía ante el manejo de la navaja.
"Como has estado viejo amigo."
Alberto quedo paralizado. Su tez se
destiño del espanto. De una vuelta se echo a correr hacia el bosque. Su
inquisidor, recogió el machete y fue tras de él. Lo corrió y lo alcanzó hasta
que disfrutó nuevamente aquella sensación de una navaja bien afilada y un
tejido crudo cediendo ante el metal.
....
K concluyó su relato. Un silencio como el del bosque
dominaba la pequeña habitación. Luego de unos minutos J se levantó de su silla
y se dirigió hacia una de las paredes. Trazó con sus dedos el cemento, como
quien traza sobre el cristal de una ventana. "Y tu K eres víctima del
destino, o escogiste tu prisión como tu amigo Alberto."
Con
una sonrisa que tenía muy poco de alegría, K le contestó, "Eso es un
cuento para otro día."
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