domingo, 23 de diciembre de 2012

El gringo de los ojos amarillos (Introducción)


man at the bar by ~000moggy000 -deviantart.com


            Era un bar de esos como los usuales en donde comienzan las películas de acción. La clientela, lo peor de lo peor, la escoria de la escoria. En su mayoría eran hombres apestosos con ropa vieja llena de polvo, todos armados. Las mujeres todas asesinas. Las lindas eran las peores, como una black widow seducían al hombre, tejiendo la trampa sigilosamente para luego clavarlo a la muerte y chuparle toda la esencia de su vida. La mayoría, aquellos que eran locales, ocupaban las mesas, entreteniéndose con juegos de cartas y dados, a la antigua. Los extranjeros, los que solo estaban passing through, estaban sentados frente a la barra. Ellos siempre eran iguales, todos con la cabeza baja para no llamar la atención. La mayoría bebían en silencio, pero algunos le pasaban unos pesos al bartender a cambio de algún pedazo de información.
             
Uno de estos últimos estaba tomando whiskey, sin hielo. Llevaba unos guantes negros, de cuero, como los que usan los motociclistas. Tenía una sonrisa arrogante y la mala costumbre de llevar su mano derecha a la culata de su pistola. Parecía decirle a todos “vamos hombre atrévete que lo que te espera es un balazo en el pecho”. Ese no era yo.
             
Como suele ocurrir en este tipo de escenario, entraron dos policías. Ahora, esperarían que dijeron algo como: “manos arriba” o “nadie se mueva”. Sin embargo, lo que paso fue que uno disparo dos veces. La primera bala acabo la vida de un tipo que trato de sacar su arma, la segunda sirvió para sembrar el mensaje de estos no venían buscando cuentos. “Estamos buscando al traidor Terrence Sinclair. Sabemos que estas aquí,” dijo el matón. Era un hombre cuarentón de esos que se quedan casi calvos con lanitas rubias de cabellera, pero que por amor al pelo no se las afeitan. A su lado había lo que solo podía describir como un rookie. No podía tener más de 17 años y aunque estaba bien entrenado, se le veía la novatez en la cara.   
            
 Miré al guapetón que estaba al lado mío. Sin hacer mucho movimiento saque un peso y con una pluma le escribí un mensaje. Le di el peso a apreté la punta de mi Glock contra su muslo. No era un tiro letal, pero dudo que el hombre pensara en eso cuando sintió el frío de la pistola. Cuando leyó el mensaje me miro con los ojos asustados.

“¡Oye tú!” llamo el guardia calvo gestionando con la pistola a que se levantara del bar. “¿Qué carajo pasa, que llevas en las manos?” preguntó amenazando con la pistola.
       
     “Yo soy Terrence Sinclair” dijo. Lo que paso después para muchos fue que estallo un cañón. Sin embargo, alguien entrenado te dirá que sonaron dos cañones casi simultáneamente. El segundo tiro terminó su trayectoria en el hombro del guapo, el primero clavó una bala en el pecho del guardia. El policía joven no pudo distinguir el segundo tiro, por lo que reacciono muy tarde y en vez de contraatacar, recibió un tiro mortal.

“Dijiste que no moriría,” me suplico el guapo de rodillas mientras sujetaba su hombro ensangrentado. “Me parece que estas muy vivo todavía,” le dije apuntándole con mi pistola. “Puedo quitarte la vida todavía. Si te parece.” Temblando movió su cabeza de lado a lado.

            Mientras caminaba hacia afuera de la barra nadie dijo nada. Nadie se movió a ayudar al guapetón. Estaba seguro de que tan pronto saliera, la música reanudaría, alguien tiraría los cuerpos afuera y todos beberían como si nada ocurrió. Ese es el tipo de mundo en el vivimos ahora. Sangre por sangre. Solo sobrevive el que sigue las reglas de oro: dispara antes de que te disparen, no confíes en nadie, nada es inmoral.    
           


domingo, 9 de diciembre de 2012

El pergamino en blanco (Intro)

DeesDilemma (2010-2012 DeviantArt)

            RING riiiing triiiing! La última campana del año académico retumbo sobre la escuela. Permanecí sentado en mi silla mientras mis compañeros salían a toda carrera por las dos puertas del pequeño salón. Muy despacio guardé mi libreta y mis lápices dentro de mi mochila. Caminaba dando pasos cortos por los pasillos de la escuela mientras trazaba con mis dedos las paredes porosas pintadas de amarillo pollito. El piso estaba lleno de papeles, blancos en su mayoría, pero muchos eran los empaques de las meriendas de nosotros.

"Vamos niño avanza," me dijo misis Torres con una sonrisa pintada de rojo. Trate de imitar su sonrisa pero juzgo por su cara que no fue un buen intento. Tak tak tak tak sonaban sus tacos por los pasillos. Me preguntó sobre mis vacaciones de verano, en especifico si viajaría a algún lugar con mis padres. Le respondí con un corto movimiento de lado a lado con mi cabeza. Mis padres hace dos días se fueron en uno de sus viajes para una jungla a algún lado del mundo. Ellos eran profesores en la universidad de Puerto Rico y estudiaban ranas y lagartijos.

            En el estacionamiento la camioneta de mi abuelo me esperaba retumbando como de costumbre. Me dio un beso que me provoco cosquillas debido a su prominente bigote blanco. "Niño siempre eres el último en salir de la escuela ¿acaso te gusta tanto?" me pregunto a son de broma. "No abuelo pero si salgo de prisa tengo que hacer la fila larguísima de todos los niños empujando para salir por el portón. Prefiero ser el último..." dije distraído mientras miraba la escuela quedar cada vez más lejos mientras conducía.

            Más tarde en la casa comí arroz blanco con habichuelas rozadas y chuletas preparada por la abuela. Por alguna razón las abuelas siempre cocinan más rico que las madres. La casa de los abuelos era muy grande, tenía dos planos y estaba bosque adentro por Trujillo. Me gustaba porque cuando subía al segundo plano podía ver las luces a lo lejos de la cuidad. Además cuando miraba al cielo siempre veía muchas estrellas más. Sin embargo, aparte de las estrellas me resultaba muy aburrida la casa. Mis abuelos no tenían servicio de cable, por lo que lo único que ofrecía la tele era las noticas y las novelas. A mi ninguno de los dos me parecía muy interesante. Siempre me traía mi Gameboy y jugaba Mario en la hamaca de la casa. Usualmente me quedaba dormido. Siempre me levantaba cuando los mosquitos se ponían insoportables y regresaba al interior de la casa.

            Yo tenía mi propio cuarto. Este era mucho más grande que el de mi casa. Un día hace unos años mi abuela y yo lo decoramos. La corcha era de mis muñequitos favoritos y además tenía posters de otros muñecos como Dragon Ball Z y Pokemon. Tenía un cajón de juguetes que había ido trayendo de poco a poco. Ya estaba lleno de tantas veces que me quedaba con los abuelos. Cansado de jugar con el Gameboy y con poco sueño, decidí jugar un poco con los muñecos. Sin darme cuenta paso un buen rato. Ya era tarde y la abuela paso por el cuarto para decirme que se acostaría. Ya hace unos meses me dejaban quedarme jugando hasta cuando quisiera. Sin embargo, como no había mucho que hacer siempre me quedaba dormido leyendo un libro sobre la cama. Esa noche estaba leyendo uno de mis favoritos El Principito. Soñé con aventuras en el espacio, con amistades y como siempre con algún poder como el de los muñequitos. Siempre soñaba que era fuerte como el Goku de Dragon Ball. Me parecía que podía volar, tirar energía y proteger a mis amistades como lo hacía él.

            Sin embargo, no soñaba con las caras de mis amigos, pues no tenía. Se me hacía muy difícil llevarme con los otros niños. Ellos siempre estaban corriendo, jugando algún deporte o algo así. Todo era tan rápido y yo soy lento. Por eso me llamaban tortuga, por gordo y lento. Pero no me molestaba, me entretenía caminando, mirando y observando. A veces me sentaba sobre las mesas del comedor y los miraba jugar baloncesto mientras me comía mi merienda. Me gustaba ver como la bola rebotaba por toda la cancha con su tun tun tun tun. A veces imaginaba que podía ver las palabras de cada sonido. Como si en vez de escuchar leyera el mundo a mi alrededor. Era algo que no le había contada a nadie y que me fascinaba.

"¿Es él?"
"Creo que sí. No hay otro niño en toda la casa."
"Pues avanza, ¡vamos a llevárnoslo!"

            Una mano grande con una uñas más gordas que afiladas estaban sobre mi pecho. Cuando enfoque la vista y vi a aquel monstruo de piel violeta y pelo naranja pegue un grito. Pero antes de que el ruido estallara de mi boca otra mano pequeña que sabía a ropa vieja tapo mi boca. Traté de morder aquella mano pero antes de logarlo, el monstruo violeta me levanto de la cama y me amaró con las sabanas, de manera que no podía moverme y no podía hablar. Resignado a mi final me dedique a mirar a mis asaltantes. Uno medía como 6 pies y parecía un Hulk violeta. Pero su pelo era naranja y sus manos tenían aquellas pesuñas gordas y negras. Llevaba un chaqueta larga como la que usan los Americanos en el invierno. Por otro lado su contraparte era una niña como de alguno 15 o 16 años. Tenía el pelo largo y amarrado en una trenza gorda. Parecía ser de color negro o un azul bien oscuro. Su ropa era vieja y con parchos como la de los niños huérfanos en los muñequitos. 
"Si prometes no gritar te soltamos y te explicamos todo ¿te parece?" me preguntó la niña.
  
          Asentí con la cabeza. Tan pronto sentí la sabana tirar de mi boca peque el grito más alto de mi vida. "El niño!" escuche a mi abuelo gritar a lo lejos. "Avanza Glork!" apresuró la niña. El gigante respondió haciendo un gesto de desgarrar el espacio vació con sus uñas. El espacio cedió ante sus garras creando una ventana desgarrada hacia el vacio. La niña me empujo hacía el portal y luego el monstruo siguió. Lo último que vi antes de que el portal cerrara fue a mi abuelo buscándome desesperado por la habitación. 


PB1: Sobre el primer encuentro entre el niño y el Caballero de las Sombras

lunes, 12 de noviembre de 2012

Renacer


Ya siento la inspiración llegar. Veo como se levanta a lo lejos en el horizonte. Como cuando uno desde la costa ve la ola crecer en el horizonte del mar. Cada día doy un paso. A veces hacia delante, a veces hacia atrás. Pero ya pronto la ola romperá sobre mi ser y bañado de sal renaceré nuevamente. Caminaré desnudo sobre la arena caliente. Dejaré que el sol bañe mi piel y sobre todo me entregaré sin desenfreno al mar. 

viernes, 26 de octubre de 2012

Confesiones


Un poco de ron Castilla, jugo de parcha, cuatro cubos de hielo y un vaso bien frío. Pruebo mi poción moviendo el liquido en mi boca, como un buen vino, para saborearla al máximo. Mi iphone se conecta a las redes cibernéticas y llena el cuarto vacio con un poco de jazz. Me dejo llevar en un viaje por las trompetas. Lo único que me hace falta es un buen cigarro. Siento mi boca aguarse a la noción. Tomo otro poco de mi bebida para ayudar la fluidez de las palabras. Confieso, el gran secreto de todo escritor, no sé que estoy haciendo. No tengo plan, no tengo dirección, solo dejo que las palabras salgan de mis dedos al computador y cruzo los dedos para que tengan algo de sentido. Algunas serán buenas y muy coherentes, pero de seguro otras se coloran por el filtro y permanecerán como pequeñas imperfecciones en una obra que nunca aspiro a ser maestra.

Ya no quiero escribir más de mujeres. Me parece que el tema me agobia y aunque no lo crea ni yo mismo, me aburre. Tenía pensado un cuento de zombies en el espirito de halloween. Pero todavía no he podido cocinar aquella sopas de letras en un cuento coherente. Confieso que no tengo nada coherente en este momento. Escribo porque es lo único que sé hacer. Ni la comida, ni la bebida, ni los gritos, nada sacia este vació que siento. Son pequeños ataques de pánico y una soledad profunda que me arropa como una tormenta repentina. Extraño los días simple en donde vivía casi 18 horas de mi vida en la universidad. Ahí todo era simple, no había espacio para pensar ni para sentir, solo habían rizas, relajos, y buena compañía. Ahora tengo demasiado tiempo para pensar y muy poca buena compañía.

La única manera que sé explicar esto es usando un poco de química orgánica. Estoy en un estado de transición. Al momento estoy rompiendo aquellos enlaces que me formaron, que me dieron tanta seguridad, y me preparo para hacer enlaces nuevos. Pero temo a cambiar, a romper lo que soy, a no reconocer el producto final de esta reacción espontanea. No sé si estoy tomando las decisiones correcta, si estoy preparado....

Me aburro de estar en mi casa pero no encuentro el ánimo para salir de la misma. Mil veces he tenido mi teléfono en las manos pensando llamar a alguien, pero son muy pocas las veces que lo hago. No estoy acostumbrado a buscar de la gente, siempre he vivido bajo la comodidad que todos me buscan a mí, que me llaman y me dicen lo que vamos hacer.

Otro poco de ron con parcha para bajar las palabras que se quedan estancadas en mi garganta. No sé porque cuando escribo soy más honesto que cuando pienso. La mente engaña, pero mis palabra siempre vislumbran hasta las más oscuras sombras que no quiero descubrir.

La realidad es que estoy solo. Extraño a mis amigos y extraño estar en una relación. Sé que prometí no hablar de mujeres, pero que puedo decir... Extraño tener a alguien que me llamaba y me recibía con aventuras, besos y sonrisas. Busco re-crear/re-descubrir la experiencia pero a la vez me ato a mis inseguridades y a mi pasado y no me doy la oportunidad de conocer a nadie. No sé como termine otra vez en el mismo callejón de nunca terminar. Confieso que esto de la vida no es fácil y a veces por más que uno se propone no regresar a las malas costumbres, a veces la vida te cae encima y terminas estancado justo en el lugar al que le huías. Pero sé que las buenas costumbres están ahí también y que si en el pasado me levanté, ahora lo hare de nuevo.

Levantó mi trago y bebo por el regreso de Kevin, aquel que por ahora vive guardado en su casa, pero pronto renacerá de nuevo entre el mundo de las aventuras, la buena compañía, y sobre todo la conquista de una buena mujer. Mujeres solteras prepárense porque por ahí viene un buen hombre y mira, está tirando pa' matar.  

domingo, 30 de septiembre de 2012

Un corto pero muy largo juego de póquer con ella


Ya no hay marcha atrás; Ya jugamos las cartas de la última mano y ahora queda repartir la fichas. Pasó el momento de la apuesta y sabes que, no importa quien ganó. Recojo mis fichas y me paro de la mesa sin despedirme. Este juego ya acabo. Ahora me toca apostar de nuevo. Esta vez las fichas se sienten pesadas, pero como dice aquella canción "pronto llegara el día de mi suerte." Hasta ese entonces seguiré jugando y apostándole a la vida.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Comenzar de nuevo...


Parece un millón de años desde la última vez que escribí. No sé como uno puede invertir tanta energía en lo superfluo. Ya es septiembre, el sol sale por el este y se despide por el oeste como siempre. Los días pasan siempre marcando exactamente 24 horas. Todo es diferente y a la vez exactamente como lo deje. Mi amigo opina que realmente nunca llegue de los Estados Unidos. Tal vez es por eso que siento que se me pierde la mirada en el horizonte. Tanto querer llegar para soñar desesperadamente con marcharme. La realidad es que siempre queremos más. No sé si esto es malo o bueno. Por un lado querer más es lo que crea la aventura, es el impulso que nos lleva a salir de lo cotidiano y no conformarnos con lo disponible. Pero también querer más puede llevar a un estado de inconformidad continua, de siempre estar en la búsqueda de algo mejor, y nunca disfrutar de lo que se tiene.

Se me pierde la mirada en el horizonte. Sueño con aquel vació por el cual me tiré en las Bahamas. Que rico sentir el latido apresurado de mi corazón exaltado, el golpe de agua fría tan pronto caí y sobre todo la pura felicidad de vivir una aventura. Aún no he cumplido todos mis sueños, pero sé que ya se acerca la hora de despedirme. A todos un abrazo y un buen beso. No estoy triste porque sé que a los que importa los volveré a ver otra vez. A los demás un abrazo porque aunque fueron temporeros fueron buenas amistades y me hicieron muy feliz. Todavía es muy temprano para las despedidas, y sin embargo lo único que tengo para decir es adiós.  

martes, 17 de julio de 2012

Confieso que he pecado de pensamiento, palabra y omisión


Pequé. Pequé contra mi... porque sin quererlo vuelvo a escribir pensando en ti. La tinta se seca sobre el papel y la inspiración no llena mi sangre. No sé que hago. Juego con una gringa tonta, como si fuera un niño, jugando por la simple diversión de ver hasta dónde puedo llegar sin hacer nada. La cuco y me cuco, pero no es lo que quiero. Pequé. Porqué pienso en ti y en ella sin poder evitarlo, mientras juego con aquella gringa para olvidarlas a las dos. Todas viven grabadas en mi. Incluso tú, que siempre mentí cuando dije que no permití que entraras en mi corazón. Pero no pude evitarlo. Eres bella, inteligente, interesante, versada en las letras y escritora. Eres la receta perfecta para un plato que ansiaba por devorar, pero como muchos otros me quede con las ganas.

Me pierdo en la nube cibernética de el Facebook, miro tus fotos como un espectador que lee los "shorts" de tu vida. Miro cuidadosamente cada uno de los actores principales. Sonrió al ver caras conocidas, pero refunfuño con envidia al ver caras que no conozco, caras que parecen haber tomado mi supuesto lugar.  Me regaño, usualmente con una pequeña cachetada, al ceder a los celos y me recuerdo porque odio el Facebook. No quiero un resumen de tus días, no quiero ser un espectador. Quería ser el "lead"; el protagonista oscuro, varonil, guapo, aquel que con una sonrisa te captiva y con un poema te derrite.     

Pero aquí estoy, acostado en esta cama que no es mía, pensando en los días que charlamos por el celular. No sé que sentir. Como muchos dicen: todo paso tan rápido. Un día te quise, ¿y el otro? No sé si debo sentir coraje, tristeza, indiferencia... Confieso que he oscilado entre cada una de esas emociones. No sé qué paso. Nunca me diste tu historia, solo te desapareciste. Una noche, en donde yo solo quería sorprenderte con una llamada, me dijiste que había otro y que hablaríamos luego. Todavía espero tu llamada, como una niña tonta que espera el regreso de su caballero. No me dolió que estuvieras con otro. Eso siempre lo supe. Me lo dijiste claramente, no sabes ser fiel. Te dije que no era celoso, mientras no supiese nada; la inocencia es la mejor anestesia para el dolor. No, lo del otro me molesto, me dolió, pero lo que me restregó fue tu partida. Desapareciste. Miedos viejos del abandono se apoderaron de mi. No supe cómo reaccionar, así que no hice nada.

Todo cambió de un día para otro. Hoy estoy aquí acostado en una cama que no es mía, pensándote. Lanzo esta extraña carta al vació, con la esperanza de que tus ojos la lean, y con la mentira de que esto es comunicación.   

domingo, 24 de junio de 2012

Mi última carta para ti


Te leo nuevamente y me recuerdo de la chica que me fascinaba tanto. ¿Acaso me fascine demasiado por el arte y no la escritora? Me enamore en poco tiempo de los versos, de las palabras, de tus letras, pero no de ti. Siempre me ha fascinado como todo puede cambiar tan fácilmente con el tiempo. No eres la primera que de un día para otro me exila de su reino, y sé que no serás la última. Los días pasan muy deprisa uno detrás del otro, y aunque confieso que te extraño, ya no hay vuelta atrás. Aprendí que los días tachados no se pueden repetir, no se pueden remediar y sobre todo no se pueden re-escribir. A pesar de todo, no sé perdió nada sino las ilusiones de todo lo que pudo haber sido y lo que nunca será. Te deseo lo mejor. Mi deseo para ti siempre fue tu absoluta felicidad. Por eso quiero que escribas, que rías, que vivas. Pero también quiero que madures, que crezcas, y que ames nuevamente. Espero que con el tiempo aprendas a alejarte de todos aquellos que solo te hacen daños, a alejarte de las personas que te anclan cuando tu quieres volar, y sobre todo a alejarte del que no te ama y solo pretende usarte y nada más.

un último beso,
Kevin

sábado, 16 de junio de 2012

Hoy toco a tu puerta


Todos vienen y se van, ¿pero quién se queda? A cada uno su despedida, su partida, su razón para marcharse, ¿y tú con que te quedas? Te imagino sentada en un balcón mirando el cielo oscuro de Puerto Rico mientras fumas un cigarrillo y bebes una medalla. Tu mirada va clavada en el cielo, en las pocas estrellas de la noche, pero no ves. Bebes para dejar todo eso en otro plano aunque sea solo por un instante. Inhalas y exhalas el humo y se esfuman tus preocupaciones. Ríes, todos te ven riendo, ¿pero quién te ve llorar? Todos llegaron y se fueron, la lista cada vez se acorta y mi nombre toca sobre tu puerta. ¿Me vas a recibir? Sé que la habitación que anhelo está vacía, y sin embargo la mantienes llenas de fantasmas y polvos. Polvos que vienen y se van, pero no se quedan. No pretendo entrar por esos labios solo para marcharme. No pretendo saber lo que pretendo. Solo quiero entrar a aquella habitación llena de fantasmas. No me preguntes porque, porque no lo sé. No pretendas que te lo explique por qué no lo hare. No me pidas que me marche, porque vine para quedarme. 

domingo, 10 de junio de 2012

Conclusiones silenciosas (para ella)


         Eres como un disco rayado. En alguna parte de mi vida me llenabas con tu dulce música y eras de mis favoritas. Pero ahora, solo escucho el chillido de la misma historia, del final. Es hora de cambiar el disco, de dejar atrás las canciones viejas. Fuiste lo máximo de mi juventud, pero ya no soy el mismo niño que jugaba al amor eterno.   

El caballero herpetólogo


De yelmo llevaba un sombrero al estilo safari, con pines de varías instituciones científicas. Su armadura era una camisa Colombia, manga larga por su puesto. Los pantalones eran del estilo cargo con todos los bolcillos llenos de las herramientas necesarias para la hazaña. En su cinturón llevaba su arma de preferencia: una vara de grafito plegable con un anillo de hilo en la punta. La tarea de esa mañana era cazar dragones. Los mismos eran diminutos pero abundantes. Se arrastraban en cuatro patas por todo el bosque escarbando cualquier insecto para la cena.

Escuchó el crujir de las hojas. Giro sobre el talón y estiro su vara de grafito. El dragón lo miró y saco su diminuta lengua bifurcada. Antes de que el dragón pudiera echar a correr, el caballero estiro su arma, coloco el anillo de hilo sobre la cabeza del dragón y lo levantó de la tierra. Mientras soltaba el nudo el dragón le mordió un dedo. El bosque retumbo con el eco de alguna palabra soez de su tierra lejana. Luego el caballero encerró al dragón en su respectiva jaula y continuo su hazaña. Para ese momento ya había capturado 81 dragones, tenía solo diez días para completar su meta de cien. Solo el tiempo dirá que nuevas aventuras le espera al caballero herpetólogo. 

Cartas: A mi madre (2)


Me miro en el espejo. Son las diez de la noche y sigo trabajando. Llevo la misma camisa que he usado toda la semana y apesta. Mi cabello negro está sucio y enredado y mis ojos lucen de cansancio. Pero cuando me miro en el espejo sonrío. La victoria es el sudor salado que corre por mi boca. Yo, salí de mi isla. Cuando no tenía alas me hice plumas de papel y volé hacia el norte. Esta noche miro mi cara sudada y pienso en ti. Es el mismo pelo negro, son las mismas cejas gordas, la misma cara redonda... Te veo en cada milímetro de mi rostro. Pienso en que jamás me miraras con orgullo. Jamás te explicare porque decidí jugar con lagartos y sapos como carrera. No retorcerás de espanto cuando te cuente que atrape una serpiente con mis manos. No te preocupará que paso mis noches buscando salamanquesas fantasmas que corren por la oscuridad. No recuerdo si alguna vez me diste la bendición, o si me besabas en la noche antes de acostarme en la cama. No recuerdo tu mano en mi pelo, ni tu cariño. No recuerdo tus besos o tus abrazos. Pero hoy, me miro en el espejo y pienso solo en ti.

Bendición madre, buenas noches. Estoy bien, jugando con lagartos y sapos en alguna isla del Caribe. Te quiero,
Kevin

lunes, 4 de junio de 2012

Distancia


Maldita distancia que penetra mi presente y nos separa. Siempre dije, nunca más, y hoy hago lo mismo que ayer. Me conectó al skype y te busco. Te llamo, te veo, pero no te escucho. Las memorias de aquella relación entre Milán y Puerto Rico se levantan y me espantan. Recuerdo lo mucho que odiaba poder ver y escucharla pero no tocarla. Odio ser parte de un espacio, pero no poder interactuar completamente en el mismo. Maldito horror de estar atrapado en la pantalla de una computadora. Maldita falta de comunicación, de no poder interactuar completamente en tu presente. Maldita la distancia que penetra mi presente y nos separa. 

lunes, 28 de mayo de 2012

Cartas: Para ti (2)


Te quiero y te odio. A veces busco la más mínima discordancia para justificar mi partida. Busco cualquier excusa para convencerme que no te quiero, y más aún que no te necesito. Y sin embargo, entro en facebook y miro con miedo. Buscando pero no queriendo encontrar tu nombre en mis notificaciones. Leo por encima, sin compromiso, porque sé que solo necesito ver tu nombre para quererte. Pienso en ti y te recuerdo. Aunque son pocos los momentos que compartimos, son suficiente como para dejarme con el deseo de crear nuevas memorias entre los dos.  

sábado, 26 de mayo de 2012

La persistencia de la memoria



Tick, tick, tick. Cada segundo pasa desapercibido, marcado solamente con unpequeño tick. A veces estoy corto de tiempo. Corro muy deprisa persiguiendo vanidades que urgen ser completadas. A veces, me pierdo en el pasado reviviendo y re-explorando las decisiones del ayer, mientras cada segundo del presentesigue su flujo continuo.

Ella me dijo, -lo mejor y lo peor de la vida es que el tiempo sigue-. En aquel instante apenas comprendía el dolor detrás de aquellas palabras.

El tiempo atrapa. Nos envuelve en su preciso tick tick, mientras sus manecillas siguen su danza sin detenerse ni siquiera por un segundo.

A ti te digo, -no te dejes atrapar por el pasado, porque el tick de tu presente se agota. A todos nos llegara nuestra hora, y quiero que tú disfrutes tu tiempoal máximo.-

A mi me digo, -Ya el tiempo de mañana llegara. Déjale el futuro a los que leen nubes y estrellas. Tú vive tu presente que lo de mañana algún día llegara.-

Y a ella le digo, -Gracias, aún sigo aprendiendo de ti.-

lunes, 21 de mayo de 2012

Cartas: Para mi madre


Te odio. Te odio porqué no estuviste para mí. Te odio porque te enfermaste y nunca te pude conocer. Me odio por odiarte, por ignorarte, por racionalizar que visitarte es una pérdida de tiempo. Cuando visito aquella casa oscura y te veo, te odio. Odio verte tan dejada, tan gorda, tan descuidada. Odio que existas pero que no sirvas para nada, excepto para simplemente existir. Odio pensar que a veces sería mejor si murieras de una vez y por todas. Odio verte en otras personas y pensar: así sería mi madre sin tan solo la historia fuese otra. Y a pesar de que te odio... eres la única razón por la cual llevo el cabello largo. Cada vez que me dicen que tengo buen pelo, pienso igual que el de mi madre. Igual de lacio, igual de bello. Cada vez que me miro en el espejo, pienso en ti, y recuerdo que eres la mitad de todo lo que soy.

a pesar de todo soy tu hijo, y tú mi madre,
Kev

Cartas: Para ti


     No me imaginaba extrañarte. Y sin embargo, pienso en ti, mientras escucho a Sabina. "El amor cuando no muere mata... amores que matan nunca mueren". Qué raro es esto de extrañar a una persona que uno apenas conoce. Pero, debo confesar, que me hace falta tu sonrisa, tu caos, tus conversaciones en la noche y sobre todo tus labios. Me haces falta tú.

    No estabas en mis planes, ni en mis sueños. Apenas sé lo me espera esta noche, por lo cual nunca hago promesas sobre mañana. Pero hoy, te extraño. Me imagino en una cama a tu lado. Trazando letras sobre el papel de tu piel, escribiendo poemas sobre tus labios, y viviendo sueños debajo de tu cuerpo.

   Esta noche le dejo lo de nosotros al mañana, que sean ellos los que decidan que sienten, que quieren y que esperan. Pero hoy, cruzo los dedos para que la conclusión sea apasionada y sobre todo depravada.

Un millón de besos,
Kev

  

miércoles, 16 de mayo de 2012

Un silencio, un adiós

Te miro y me miras. Un silencio. Me pierdo en el silencio de tu mirada. Una sonrisa a medias, un adiós. Me visto mientras me miras desnuda en la cama. Recojo mis cosas. Te beso y dejo sobre tu escritorio aquellos libros que algún día me prestaste. Camino lentamente por la casa en donde tú y yo nos enredábamos con entrega y desenfreno. Me despido hasta del perro, que algún día pensé mío. Cierro la puerta y camino. Subo la rampa y miro atrás. Esta vez subo sin lagrimas, sin dolor, solo con el silencio profundo entre los dos. 

domingo, 13 de mayo de 2012

La Aventura del caballerito que se convirtió en Rey



       El niño corrió hacia el cuarto del padre. Pasó aquella cama de la cual era forzosamente desalojado todas las noches, y se dirigió hacia el closet. Dió unos saltos alegres mientras halaba camisas y pantalones de sus ganchos. En el proceso varios de los antiguos plásticos se estallaron bajo el alegre manejo del pequeño. Pero este tan solo tenía ojos para aquel tesoro escondido que se hallaba en esa oscura cueva. Ya él, uno de los más prestigiosos caballeros de Ávila, había derrotado su dragón, conquistado a una nación y ganado el corazón de su princesa. Ahora solo le quedaba encontrar aquellos vestidos de rey para reclamar todos sus fortunas.

     Quedó toda la ropa amontonada en una larga e impresionable montaña. Cuando sus ojos de color ébano vislumbraron la montaña se arrojó contra ella. Volaban las piezas de ropa por todo el cuarto, mientras el caballerito luchaba contra otro poderoso adversario.

Era un caballero de un reino enemigo y venia a robarle los vestidos para impedir la coronación del pequeño. Su adversario era el poderoso y grande caballero de las estrellas.

“No me vas a derrotar!” le gritaba el niño mientras daba golpes en el aire con un camisón torcido para aparentar el más fuerte y tenebroso látigo.

     Luchó látigo contra espada. Sus golpes poderosos daban contra el escudo del enemigo, causando un alboroto que retumbaba por toda la cueva. En su lucha el caballerito pisó en un terreno arenoso y resbaló dándose un fuerte cantazo en la cabeza. Pero el dolor no fue suficiente para vencerlo. Dio un giro poderoso en la tierra y esquivó la espada enemiga. Cuando se iba a levantar sintió que una fuerza impedía el control de su pie. Miró y notó que estaba atrapado. El enemigo levantó su espada para dar el golpe final. Pero el caballerito, aunque un poco aterrorizado, aun no había sido vencido. Su pequeña mano bronceada tomó un camisón y lo lanzó con toda su fuerza. El caballero de las estrellas quedó completamente cegado por el ataque de arena.

     Era el momento oportuno para el contra-ataque. El caballerito dió un poderoso salto y nuevamente estaba de pie, de frente a su enemigo. Torció el camisón y lo aguantó fuertemente con ambas manos. Imitando a los peloteros de las grandes ligas giró su cuerpo con mucha fuerza y restrelló el camisón contra la puerta de madera blanca. El caballero de las estrellas recibió un fuerte golpe en el abdomen y se dobló en agonía mientras brotaban lágrimas de dolor.

“Vete ahora infeliz. Si aprecias tu vida renunciarás a la caballería y te irás lejos donde nunca escuche tu nombre,” enunció el caballerito dándose fuertes golpes en su pecho.

Ante tan humillante derrota el caballero de las estrellas no tuvo otro remedio. Se fue de la cueva oscura y vivió el resto de su vida como un pequeño comerciante en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas.

     Pero la aventura del caballerito aún no había terminado. Todavía tenía que hallar los vestidos del rey. Con el orgullo de su victoria atravesó la cueva oscura sin sentir ni un poquito de miedo. Al final encontró los vestidos del rey. Aquel uniforme de liderazgo, poder y realeza.

     Impresionado el caballerito tomó aquellos vestidos que algún día pronto serían de él. Comenzó con aquellas botas marrones que acojinaban todos los pasos reales. Luego con mucho cuidado y gran reverencia, se puso el manto real. Era de un color azul cielo y al igual que los zapatos le quedaban un poco grandes. Finalmente tomó aquella corona de un color más amarillento que oro, y se la puso sobre el bosque negro de pelo. Una vez completado su vestimenta, sintió de inmediato el poder y la importancia de dicho uniforme, del cargo que le esperaba.

     Complacido y vestido de rey, salió de la cueva oscura y caminó hacia su reino. De camino, paró en la nevera y tomo una refrescante bebida, antes de dirigirse a la sala donde su futura Reina y su patrimonio lo esperaban. La coronación y la boda fueron espectaculares, todos gritaban con gran emoción y admiración.

     Luego cansado por todas las aventuras, el pequeño rey se sentó en su trono y veía como los actores del reino interpretaban sus aventuras. Encontró que el recuento era a veces exagerado y cómico, pero disfrutó ver como todos se orgullecían por las hazañas del pequeño caballerito que ahora era rey.

     De repente una voz poderosa gritó su nombre con gran fuerza. “¡KEVIN!” Espantado el pequeño rey dirigió su mirada hacia la voz. Llegó furiosa. En su cara se dibuja el rencor puro, y el pequeño rey sintió un poco de miedo otra vez.

La madre respiró profundamente, tratando de contener la furia que insistía estallar descontroladamente. “¿Tú estabas en mi cuarto?” preguntó, sabiendo ya la respuesta. El pequeño rey la miró con ojos grandes e inocentes. “Estaba en la cueva luchando contra el caballero de las estrellas.”

     Luego de otro largo y profundo suspiro, la madre dirigió su mirada dura hacia su hijo. “Sacaste toda la ropa de los ganchos. Hiciste un reguero. ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues en mi cuarto? Te he dicho que juegues con tus juguetes. Sabes que no me gustas que toques mis cosas. ¡Que tú haces con el uniforme de tu padre? ¡Está sudao y estrujao! ¡Vete, quítate eso! ¡Vete y recoge mi cuarto antes de que te de un pescozón!”

     El pequeño rey permaneció unos segundos sentado sobre su trono, con sus manos cruzadas sobre su barriguita. Estaba muy asustado, pero secretamente complacido con las hazañas del día. No dirigió ninguna palabra en su defensa. Y aunque era rey, fue a la cueva y recogió los restos de su lucha contra el caballero de las estrellas.
   

martes, 8 de mayo de 2012

El primer cuento de K


            Muy cerca del bosque estatal de Toro Negro, había un pequeño pedazo de terreno privado. Eran unas veinte o treinta cuerdas de bosque con una edad proporcional a su tamaño. Las mismas fueron taladas, con el menor impacto, para la construcción de dos caminos principales. El primero subía a lo alto del monte a un área conocida como el cielo. El camino hacia el cielo era largo, y tal vez un poco peligroso, pero la recompensa era un lugar con una vista espectacular. La noche era perfecto para sumergirse completamente en el entorno de las estrellas, acompañado solo del canto del coquí. De día ofrecía una vista del pueblo, localizado a unas 40 o 50 millas hacia el este. El otro camino daba paso hacia el río, en específico hacia un pequeño pozo en donde una caída ofrecía una helada y terapéutica cascada.
            Este era el hábitat de un hombre de unos treinta o treinta y cinco años de edad. Era de piel morada, manchada por el sol. Llevaba el cabello y el bigote largo y ambos muy negro. Sus ojos, verde como la maleza, cargaban un dolor silencioso. Vivía en una pequeña casona de bloque y hormigón, de donde nacían los caminos que él mismo taló. La casa consistía de dos cuartos sin aparente separación. Uno era un pequeño espacio en donde había un delgado lecho rodeado de una torre de libros. Al lado opuesto había una humilde cocina. Para comer, contaba con una nevera de playa con hielo, dos o tres cortes de carne, además había una pequeña estufa de gas, una cafetera y un bolso de café. En cuanto a los platos, solo había un plato, una taza, dos vasos, y algunos cubiertos y un sólo cuchillo.
            Como a eso del mediodía se estacionó un carro al borde de una carretera cercana al bosque. El conductor era un hombre fuerte, lucía mucho más joven de los treinta y cuatro años que cargaba. Llevaba el cabello casi rapado, con un bigote recortado a tijeras y perfectamente recto. Cuando se bajó de su vehículo, se dirigió a la puerta trasera y tomó un bulto, al estilo militar. Se metió bosque adentro, y caminó entre los árboles con una familiaridad que sólo la rutina diaria otorga. Habría pasado como una media hora, cuando encontró en el medio del bosque, la casona de cemento y hormigón.
            La casa estaba tan callada como el bosque. Adentro el hombre de cabello largo estaba sentado en el lecho con un libro de su extensa colección abierto en su falda. El dueño apenas separó su vista del texto al notar la entrada del otro en su casa. El visitante se quitó su mochila y se dirigió a la pequeña cocina. Abrió la nevera de hielo y cambió la bolsa del día anterior. Además, echó unos cortes de bistec adentro. También trajo café, arroz, un tanquecillo de gas y el periódico del día.
"Alberto," comenzó el visitante.
"No," fue la respuesta del  dueño de la casona. Carlos suspiró, como aquel quien está cansado de racionalizar con alguien indispuesto. Sin decir más, le entregó el periódico a su viejo amigo, y tomó asiento en el piso. Las horas pasaron lentas, y silenciosas hasta que Alberto concluyó su lectura del diario. "Hoy tampoco," dijo descartando el diario.
"Hoy tampoco," repitió su amigo, levantándose del piso y caminando hacia el bosque para fumarse un cigarrillo.    
            Cayó la tarde, cuando Alberto salió de la casa con una toalla y un cambio de ropa. Se detuvo a mirar a su amigo fumando, antes de tomar el camino que bajaba hacia el pozo. Luego de su baño, nadó hacia la cascada y bajo su helado torrencial trató de ahogarse en el olvido.
            En la casona, Carlos ya se había fumado media cajetilla mientras esperaba por su amigo. Su paciencia cada día era menos. Podía aceptar el exilio de Alberto, pero ya le apestaba su rol de testigo y proveedor. Ésta sería su última noche. No regresaría, y por primera vez sabía que era cierto.
            En otra esquina del bosque llegó un intruso. Sus botas negras aplastaban las ramas en el suelo y su machete abría un determinado camino. Cada paso lo daba con fuerza, con ansiedad. Solo se escuchaba el sonido metálico de su mocho despedazando ramas.
            Un sonido metálico espantó a Alberto. Este saltó del pozo y se vistió de repente. Buscaba en la oscuridad el fantasma que lo perseguía. "Hoy," dijo entre dientes intuyendo su peligro. Corrió a toda prisa por la vereda. Sus pies descalzos tropezaban contra las piedras y se enterraban en el fango. En su prisa, se encajó y cayó de boca. Exaltado se levantó, y buscó en el silencio a su inquisidor.  Nada, no veía ni escuchaba nada. Pero sabía, sabía que algún fantasma había invadido su terreno en busca de justicia.
            Corrió hasta llegar a la división. Se detuvo y pensó en su viejo amigo. No queriendo lastimar a Carlos, corrió hacia aquel peligroso lugar llamado cielo. Sus rodillas gemían del abuso de la carrera ante la empinada vereda. Pero Alberto, no se detuvo. No se detuvo para su corazón que estallaba contra su pecho. Y tampoco se detuvo para sus pulmones que estaban falta de oxígeno.
            En el cielo, corrió hacia el tronco más ancho que había y encogió su cuerpo contra él. Se tapó la boca para evitar los jadeos del espanto. No escuchaba más allá del tambor de su corazón retumbando en su interior. No escuchaba, las ramas crujiendo ante el peso de un intruso. No escuchaba nada, hasta que aquel estaba justo al otro lado de su escondite.
            Espantado, Alberto brincó y con un movimiento fluido se lanzó sobre su enemigo. La movida causó que ambos hombres rodaran por el barranco inclinado. Entre puños y patadas, lucharon hasta que quedaron anclados en un terreno más favorable. Alberto lanzaba con furia, determinado a conquistar al intruso. A ciegas, encontró una roca en el suelo, y cantazo tras cantazo desfiguró el cráneo de su contraparte.
            Jadeaba sobre el cuerpo del muerto, jadeaba de furia, de miedo, de una energía de vida que en mucho tiempo no lo animaba. Se paró, pero sus piernas aparentaban ceder ante su peso. Se tiró al piso y se arrastró con gran esfuerzo hasta superar la inclinada caída. Con calma bajó la vereda que lo llevaría a la casona nuevamente. Carlos estaría feliz de verlo, por primera vez le contestaría que sí a su diaria pregunta.
            Cuando al fin llegó a la casona, Alberto estaba muy cansado. Cada paso era más pesado que el anterior, y cada vez se arrastraba más y más hasta su hogar. En la entrada, había un mocho muy afilado, recostado de la pared. Alberto le paso por el lado sin reconocerlo. Adentro en su cocina, un hombre cortaba unos pedazos de bistec con el único cuchillo dentro de la habitación. Estaba muy concentrado, separando las fibras de carne, disfrutando como cada pedazo de tejido muscular cedía ante el manejo de la navaja.
"Como has estado viejo amigo."
            Alberto quedo paralizado. Su tez se destiño del espanto. De una vuelta se echo a correr hacia el bosque. Su inquisidor, recogió el machete y fue tras de él. Lo corrió y lo alcanzó hasta que disfrutó nuevamente aquella sensación de una navaja bien afilada y un tejido crudo cediendo ante el metal.

....
K concluyó su relato. Un silencio como el del bosque dominaba la pequeña habitación. Luego de unos minutos J se levantó de su silla y se dirigió hacia una de las paredes. Trazó con sus dedos el cemento, como quien traza sobre el cristal de una ventana. "Y tu K eres víctima del destino, o escogiste tu prisión como tu amigo Alberto."
            Con una sonrisa que tenía muy poco de alegría, K le contestó, "Eso es un cuento para otro día."

Sobre los cuentos de K y J: Introducción


            En cuarto pequeño, sin decoraciones, sin retratos. Sin distracciones. La luz inquieta de una vela estiraba dos sombras sobre las cuatro paredes. En el centro había tan solo una mesa de guayacán tan desnuda como la habitación. Además habían dos sillas opuestas una de la otra. En cada silla estaba sentado un hombre, ambos reflexionados por el eje imaginario de la mesa.  Solo los distinguía su vestimenta. Uno vestía de manera muy cómoda, llevando pantalones cortos y una camisa de playa de muchos colores. El otro, vestía muy fino, con una camisa azul cielo planchadita y un pantalón de vestir negro.
            "Tengo un cuento," comenzó el hombre de vestido de gala, al cual llamaremos K. Su contraparte reacciono descansando sus pies sobre la mesa. "Y que esperas, ¿una introducción?," le contesto con una sonrisa. A este, quien vestía muy cómodo, le llamaremos J.
            K, obvió el comentario de su contraparte y comenzó el relato del día. 

domingo, 29 de abril de 2012

Un inicio...


Sobre la tarea, compromiso, responsabilidad y atrevimiento de comenzar un blog

               
           Inspirado por la lírica de mi querida y muy bella amiga, de pronto considero la opción de crear un espacio para mis palabras. Recuerdo en algún momento lejano tener un blog, pero lo abandone pues no sabía cómo manejarlo, no sabía que escribir e incluso para qué tenerlo. Pero al leer el de ella, comprendí que no se trata de un espacio para el público, sino de un foro personal, lo que a uno le dé la gana de escribir. No importa si lo leen, o si muere desapercibido como un pasadizo oscuro en la red cibernética. No sé mi me comprometa a escribir mucho, o si de pronto no escriba nada, si lo abandone, lo deje morir, o si con el tiempo lo llene y lo haga proliferar. Por ahora, como mucho de lo que hago, comienza como un impulso que me obsesiona.

A este impulso le llamaré pasadizo literario. Mi propósito es que sirva como un lugar para la acumulación de cuentos, poemas, reflexiones, o simplemente flujos desordenados de palabras. De esta manera no pretendo crear arte, si no exponer aquellas palabras que me obsesionan y piden ser liberadas de una manera u otra. En fin todo es un pasadizo, un nuevo atajo forzado por la voluntad de quien se atreve a explorar.

Como no sé que más decir, me despido con ¡bienvenido a mi pasadizo literario!


Estrellas de mar


Estrellas de mar
Kevin J. Aviles Rodríguez
Beep, beep, ¡Beep! Suena el despertador. Juan Antonio se levanta. 1 pie desnudo se enfrenta contra el frío de la loza, seguido por otro. Abre y cierra los ojos 2 veces. Se tarda 3 minutos en pararse de la cama y unos 5 más en lo que decide caminar hasta el baño. Abre el grifo del agua. Se lava la cara 2 veces, la primera para espantar el sueño y la segunda para recoger lagañas. Da 5 pasos y entra en la ducha. Se tarda 8 minutos en bañarse y unos 13 más en vestirse, desayunar y bajar las escaleras del complejo de residencia.
De frente al edificio lo espera una limosina. En 21 minutos su chofer lo lleva hasta el edificio 34. Sube hasta el piso 55 y pasa a través del laberinto de cubículos hasta llegar a su oficina personal. Abre la puerta. Lo recibe una sonrisa tenue. Ella está sentada sobre su escritorio. Lleva una blusa y falda de trabajo. Sus piernas ligeramente bronceadas están cruzadas, y sus pies recogidos en zapatos muy brillosos de taco corto. Juan Antonio le da la espalda para cerrar la puerta. Cuando se gira, ella descruza las piernas y se desliza a la esquina del escritorio. Toma 3 pasos para acercarse a ella. En 5 minutos concluyen el acto y al son de 8 se visten y ella se marcha.
Al concluir la jornada, Juan Antonio toma el bus hasta el centro de comercio. Pasa por varias estaciones hasta llegar a la 13. Allí compra unos vegetales y un corte de carne. De camino a la parada del bus pasa frente a un joyero. El intérvalo entre cada uno de sus paso se alarga por medio segundo. Con mucho disimulo espía unas pantallas de estrella de mar. Lo sigue de largo y toma el bus. En el apartamento cocina, se baña y se tira desnudo sobre la cama.
            Beep, beep, ¡Beep! Suena el despertador. 1 pie desnudo se enfrenta contra el frío de la loza seguido por otro. En 21 minutos Juan Antonio se baña, se viste y desayuna. Llega al edificio 34 y sube al piso 55. Lo recibe una sonrisa tenue en su oficina. Concluye el coito mañanero y prosigue con su rutina diaria.
            En el centro de comercio compra lo necesario para la cena. De camino a la parada del bus pasa por frente al joyero. El intervalo entre sus pasos se alarga por medio segundo.  Ve 5 pulseras de plata, 3 anillos, unos de madera y los otros de fundidos de metal, 2 collares, 1 par de pantallas de perla y... Juan Antonio mira con espanto el nicho vacío que antes lo ocupaba 1 par de pantallas de estrella de mar. En 8 segundos Juan Antonio se recupera y toma el bus hacia su apartamento.
Esa tarde no come. Se baña y se tira desnudo en la cama. Hay 510 estrellas que resaltan del estucado del techo de su habitación. Las ha contado todas. Sin embargo, la imagen de aquellas pantallas de estrella mar permanecen quemadas en el espectro de su cornea.
            Beep, beep, ¡Beep! Suena el despertador. Juan Antonio no logro dormir. Se levanta y camina a la ducha. Mientras se baña no recuerda si se ha lavado los dientes. Su rutina diaria se atrasa. Lo recoge la limosina y lo lleva al trabajo. Sube al piso 55. Abre la puerta de su oficina privada. Una sonrisa coqueta lo recibe. Su vista se enfoca en las piernas ligeramente bronceadas que permanecen cruzadas. Estaba sentada sobre su escritorio como de costumbre. Juan Antonio se fija por primera vez en el rostro perfilado, en el cabello azabache, lacio y ondulado a la vez. Se fija en aquellos ojos que brillan entre verde y azul, que solo puede describir como mar. Nota que lleva el cabello recogido detrás de unas pequeñas orejas y en sus lóbulos unas pantallas de estrella de mar. Con tan solo 3 pasos corta la distancia entre los cuerpos. Su mano grande y áspera recorre la curvatura de la espalda femenina, y permanece en la frontera entre la blusa y la falda. Con su otra mano le gira la mejilla e inspecciona detalladamente esas pantallas. Ella siente la acaricia de su aliento caliente. Él le besa las orejas, y con la lengua recoge la estrella en su boca. Ella le lleva la mano a sus senos y lo besa. Juntos caen tumbados sobre la alfombra de la oficina. Se desnudan con apuro. El libera los pechos medianos y devora aquellos pezones erectos, ella libera su erección y lo manipula con la mano. Los gemids de ambos se mezclan con el jadeo del acto.           
            Esa mañana chingan 5 veces. Se miran, estaban sudados y completamente saciados. Juan Antonio la besa con ternura. Ella le sonríe con aquellos labios de pomarrosa. Al paso de 8 minutos se visten y ella se marcha. Juan Antonio trato de continuar con la jornada, pero en cada esquina de su oficina veía su cuerpo enredado con el de ella.
Desconcentrado abandona el trabajo. Decide caminar. Con tan solo 377m2 de isla tropical, la caminata de pronto lo llevo ante una playa. El agua brillaba de verde y azul. Se desnuda y corre sobre la arena hasta tirarse de cabeza en el mar. El agua estaba fría, pero él solo registraba los acontecimientos de la mañana.
Beep, beep, ¡Beep! Juan Antonio se levanta. Lleva una sonrisa tallada en su rostro. Llega a la oficina, abre la puerta y... Nada. Ni sonrisa tenue o coqueta lo recibe. Espera. Pasa 1 hora, seguida por otra. 5 minutos, 8, 13, 21, 34. Aún no ha llegado. Sale desesperado. Toma el bus hasta el centro de comercio y camina directamente hacia el joyero. Ve 5 pulseras de plata, 3 anillos, unos de madera y los otros de fundidos de metal, 2 collares, 1 par de pantallas de perla y... 1 par de pantallas de estrella de mar. Mira por primera vez al joyero.
Camina hacia la playa con una pesadez claramente dibujada en su rostro. Lo recibe una sonrisa tenue. Un cuerpo ligeramente bronceado, ojos que oscilan entre verde y azul, pelo azabache, orejas desnudas. 3 pasos cortan la distancia entre los cuerpos. Sus manos se enredan en el cuello femenino y aprieta. Cae tumbada sobre la arena. Juan Antonio saca de su bolcillo un par de pantallas de estrella de mar bañadas de sangre. Se tira sobre ella y penetra los lóbulos con las estrellas. No lo recibe ni sonrisa tenue o coqueta.
Beep, beep, ¡Beep! Suena el despertador. 1 pierna delgada ligeramente bronceada se enfrenta contra el frío de la loza. Abre y cierra los ojos 2 veces. Se tarda 3 minutos en pararse de la cama y unos 5 más en lo que decide caminar hasta el baño. Abre el grifo del agua. Se lava la cara 2 veces, la primera para espantar el sueño y la segunda para recoger lagañas. Se mira con curiosidad en el espejo. Inspecciona una cara no muy femenina, pero tampoco masculina. Lleva el cabello largo, azabache, lacio y ondulado a la vez. Se recoge los mechones detrás de las orejas y espía unas pantallas de estrella de mar. Sonríe vagamente, una sonrisa que solo sabe describir como ligeramente tenue.